sábado, 1 de mayo de 2010

Crónica del deseo


Tiempo atrás, cuando nos reuníamos en Chelles.
Recordé a una mujer
llevándose el amanecer en su blusa,
la noche soluble y una flor
que desata diminutas escamas.
Se fue por el aire roto,
por donde la brisa no hace otra cosa
que desgarrar pequeños hilos de sombra...

Si la recuerdo ahora, el tiempo solloza
y la tinta parece una mordedura,
vestida de silueta y ácido de escombros.
Las calles se alargan como cabelleras,
como cinturas amarillas.
Y el tiempo tiene un gusto a hojas secas
y en silencio los ángeles guardan
el humo que se muerde en las auroras.

Esto es serio, una mujer se ha ido
y aquella habitación jamás será la esfera,
donde los cuerpos se encuentren
como alas o peces relucientes.

Si el amor es una sombra, si lo es el deseo,
una mujer se ha ido hacia la sombra misma,
hacia la sombra siempre,
y en su lugar un trópico de minúsculas trizaduras
evoca una falda negra sobre un horizonte sangriento.

En realidad, las noches en Chelles
están muy lejanas,
y aunque la mujer se fue llevándose el amanecer.
Solo sé que el amor es una mezcla
de océano y habitación en cinta,
y la brisa ignora que el deseo
tiene aroma a herrumbre,
a espada muerta y dios obstinado.

1 comentario:

  1. Es inevitable la reminiscencia a Cernuda... que me presentaste hace tantos años y que todavía ahora sigue siendo tan indispensable...

    Saludos....

    ;-)

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