domingo, 1 de marzo de 2015

Epitafios inútiles en la obra de Cristian Alfredo Solera

La poesía de Cristian Alfredo Solera (1975) surge a finales de los años noventa con el libro Traficante de auroras (1999) después vendrán poemarios como Itinerario nocturno de tu voz (2000) Tú no sabes nada de la ausencia (2004) Ceniza (2005) La piel imaginada (2008) Criaturas imaginadas y otros poemas que mienten (2011) Poemas para no leer en tu funeral(2013)  Pertenece a lo que he venido a calificar como generación de transvanguardia, ese grupo de poetas nacidos entre 1970 y 1984, que inician sus carreras literarias en los años noventa y se consolidan en la primera y segunda década de este nuevo milenio. El concepto de transvanguardia supondría un complejo de movimientos estético-ideológicos que atraviesan la vanguardia y la postvanguardia, reutilizando las estrategias retóricas y discursivas de los sistemas estéticos anteriores. Pero no solo los penetra y desangra, sino que se mueve hacia la tradición angloamericana de preferencia, con la inclusión de otras tradiciones literarias como la china y japonesa, mediante su copia e imitación.
La práctica transvanguardista se asocia al momento anterior, que no ha abandonado el objeto artístico en pro de las nuevas tecnologías o del advenimiento a una apertura ilimitada del arte con la consiguiente muerte de las formas tradicionales.  La herencia artística de los setenta (principalmente conceptual), propone la reutilización del objeto desde distintas apuestas, que facilitan la inclusión de prácticas conceptuales. El término “transvanguardia” deviene de las artes a la poesía, marcando un sentimiento común por parte de un grupo de poetas, de clasificar un espacio de producción en el cual la Literatura encuentra un nuevo punto de fuga o quiebre con la tradición inmediatamente anterior.
Allí donde otros proponían unidad y coherencia, la transvanguardia propone multiplicidad, dispersión, colección e imprecisión, coexistencia pacífica, insisto, entre lo tradicional, el presente y las conquistas del futuro. La llamada moda retro es uno de sus productos más preciados. Descentramiento de algo que para el modernismo crítico era crucial: poner en cuestión el pasado para superarlo. Hoy parece ser que esta petición se ha archivado o cambiado por una posición acrítica casi atemporal y transhistórica.
            Sin embargo, la poesía de Cristian Alfredo Solera se encuentra dentro de la ideología estética del trascendentalismo. El trascendentalismo corresponde a una experiencia estética que busca la revelación de lo metafísico del ser humano, por medio del lenguaje poético, en medio de un mundo cada vez más desacralizado. Es conveniente aclarar que el uso del concepto "trascendental" no representa precisamente una preocupación metafísica u ontológica; ello sería adaptar la poesía a los valores y medios particulares de la filosofía. El concepto trascendental no parte en la poesía de la especulación, propia de la filosofía, sino de la vivencia trascendental conseguida a partir de la forma del poema para llegar al lector.
El trascendentalismo nace como movimiento literario en Costa Rica a partir de la publicación del Manifiesto Trascendentalista, en 1977. Sus autores Laureano Albán, Julieta Dobles, Carlos Francisco Monge y Ronald Bonilla concibieron una poética cuyo fin es ultraliterario: Incorporarse al ser, trascender la estructura literaria y convertir el poema en vivencia trascendental para llegar al lector.
Señala Ronald Campos en Breve noción estética e ideológica(2008):
 Desde mi poética y relectura del Manifiesto Trascendentalista, considero que la liberación de todo espacio interior se logra por medio de la poesía, por medio de la inevitable revelación alcanzada entre la intuición trascendental con que el poema acoge, desapercibida, la experiencia del otro y la liberación expresiva del lenguaje. En el lenguaje coloquial, la metáfora manifiesta una presencia constante. Esto se debe a que, en ocasiones, resulta imposible no usarla, porque la metáfora siempre obedece a la ineludible necesidad de expresar cuanto no posee equivalente en el lenguaje directo y conceptual.
            Después de toda esta explicación ¿Qué significa Epitafios inútiles en la obra de Cristián Alfredo Solera? La poesía de Solera hasta el momento debería dividirse en dos etapas muy claras: la primera formada por los libros Traficantes de aurorasItinerario nocturno de tu voz. En estos primeros libros gravita la influencia del trascendentalismo duro, es decir, el del uso la metáfora a ultranza, la riqueza de lenguaje y de imágenes puras, la adjetivación excesiva, y la presencia constante del yo lírico. Este hablante en primera persona singular permea la obra de Solera de manera constante,  por no decir, obsesiva.

Contemplo en tus brazos
lo acústico del sueño,
y hallo una herida
en la penumbra iluminada
de tus ojos.
Itinerario Nocturno de tu voz

            Una segunda etapa, lo constituyen libros como Tú no sabes nada de la ausencia, Ceniza, La piel que imaginada, Criaturas imaginadas y otros poemas que mienten, Poemas para no leer en tu funeral. En esta etapa, nos encontramos frente a un trascendentalismo light, es decir, se reduce el uso de las metáforas, y se le da énfasis a construcciones verbales. El poeta busca la sencillez en el lenguaje, para aproximarse a un público más amplio.

Qué es lo que me queda,
solamente hacerme una pregunta,
fumar un cigarrillo,
madrugar en tus manos
o empezar quizás desde el principio.
Tú no sabes nada de la ausencia

En esta etapa Cristian Alfredo Solera se acerca más a los presupuestos de la postvanguardia, es decir, una retórica de la cotidianidad, del uso de lenguaje coloquial, que busca generar un amplio espectro comunicacional. Además, apela a un énfasis individualista ligado con la experiencia cotidiana y el tópico amatorio. En un proceso de hibridación poética busca conciliar la estética trascendentalista de sus primeros libros con la estética conversacional.

Ayer quise escribirte un poema,
un verso descalzo que lo sorprenda todo,
una hoja en blanco en la que yo apenas subsisto.
La piel imaginada

Pienso en ti cuando jugamos a la nostalgia,
esperando ya ves
una señal en la mirada de los otros
que comienza a jugar como tontos
a la lucha libre y al sudor.
Poemas para no leer en tu funeral

En Epitafios Inútiles, Cristian Alfredo Solera, mantiene de forma obsesiva los tópicos y recursos de su poesía.  El libro está divido en dos partes: Epitafios y Caer. Un epitafio es un texto que honra a un difunto, la mayoría normalmente inscrito en una lápida o placa. Tradicionalmente un epitafio está escrito en verso, aunque hay excepciones. El nombre epitafio, epitaphium en latín, es compuesto de dos voces griegas epi, sobre, y taphos, tumba, es decir inscripción puesta sobre una tumba. Muchos son las citas de los textos santos, o aforismos. Muchos epitafios fueron escritos con algún refinamiento literario, por lo que constituyen un subgénero literario poético dentro del más general de la elegía o poema de lamento. El poema para Solera es un epitafio inútil, que no logra rescatar en toda su esencialidad esas figuras y esos fantasmas que rodean al poeta.

            En la I Parte Epitafios, Solera lamenta la ausencia de la figura paterna, la pérdida de la amada, el extravío de los actos cotidianos, de las costumbres y de las tradiciones familiares. El poeta nos muestra esa herida que lleva a cuestas, esos demonios que lo persiguen desde la infancia –paraíso perdido o infierno detestable—. El padre es un vacío  que no logran llenar las palabras del poema. La madre es una figura difusa o colérica. Ella es el alter ego del poeta, quien lo comprende y no lo comprende.  Por eso, el abandono, la separación, la huida, la desaparición, la privación, la carencia, la soledad, son temas constantes de una realidad fracturada.  O como dice el poeta:

Mejor no acabar este poema
por el que deberías mensualmente pagarme tributo,
después de todo papá
aún llevas tu ataúd a cuestas,
tu suerte de hombre dormido,
taciturno y condenado.
              De “Oración de la mañana”

            Por otra parte, el poeta “es un pequeño dios de lo inefable y lo posible”. Esta idea de un pequeño dios no tiene relación con la idea de un pequeño dios huidobreano. Pues hay en Cristian Alfredo Solera una necesidad de comunicación, de comunicación amorosa, como diría Vicente Aleixandre. La poesía es una profunda verdad comunicada. El poeta se comunica y esta comunicación es una verdad que nace de un corazón hacia otros corazones fraternos. El libro es ese vehículo-símbolo que contiene la realidad como un frasco de esencias, ideas y materias transformadas. En él construye la vida, la infancia, el amor, la muerte. Quizás por eso el poeta concluye este apartado con el poema “Libros”:

En esta soledad conservo
todos los libros que olvidé,
los que repartí armoniosamente
entre mis peores enemigos,
los que huyen como locos
hacia todas direcciones,
los que buscan un instante,
un instinto perenne
para ocultarse de las sombras.

            Esos libros no son dedicados a los amigos, sino a sus contrarios, aquellos que no encuentran un centro, un ethos, el equilibrio de un lenguaje claro y sencillo. El poeta habla de esos libros no escritos, que aún aguardan en su soledad, que sean escritos. Libros olvidados, construcciones de realidades, angustias y reclamos.
            En la II Parte Caer, es interesante el significado del infinitivo, pues significa  moverse de arriba abajo por la acción de su propio peso; perder el equilibrio hasta dar en tierra o cosa firme que lo detenga; desprenderse o separarse del lugar u objeto a que estaba adherida; venir impensadamente a encontrarse en alguna desgracia o peligro; dejar de ser, desaparecer; incurrir en algún error o ignorancia o en algún daño o peligro; desconsolarse, afligirse. En su forma de participio, el símbolo de la caída figura como metáfora de la culpa, del fracaso, o de la ruina, o incluso puede configurarse como presagio de males que van a acontecer.
            La caída tiene un sentido mítico en Epitafios Inútiles, el poema “Lilith” apela a esa figura femenina, que según el Talmud y las leyendas rabínicas es la madre de los gigantes o demonios, la primera mujer de Adán, la cual no quiso someterse a éste, para vivir en la región del aire; espectro nocturno o madre terrible. Según la Cábala, es el demonio del viernes, opuesto a Venus, y representado por la figura de una mujer desnuda cuyo cuerpo termina en cola de serpiente. Por eso, no es paradójico que en este apartado aparezca el poema “Respuesta de Adán ante los jueces”, este Adán es el hombre por antonomasia, y el padre común del género humano. Dios, al crearlo, lo sitúa en la cima de la más perfecta especie animada, tanto como prototipo terrestre como celeste. Adán es hecho a imagen y semejanza de Dios, que le adornó de la gracia santificante y de la integridad, como cabeza de la humanidad, pero perdió esta cualidad por culpa de su pecado. O como dice el poema:

Que ya no escucho lamentos
ni extrañas recomendaciones,
y que tampoco la miro entre mis sueños
ni en mitad de los escombros
que aún florecen en mi espalda,
por estar de nuevo condenado
al mismo paraíso que otra vez
sin darme cuenta,
                      por culpa de ella,
ya había perdido en la manzana.

En la poesía de Cristian Alfredo Solera, hay una necesidad de comunicación, de comunicación amorosa, como diría Vicente Aleixandre. La poesía es una profunda verdad comunicada. El poeta se comunica y esta comunicación es una verdad que nace de un corazón hacia otros corazones fraternos. El libro es ese vehículo-símbolo que contiene la realidad como un frasco de esencias, ideas y materias transformadas. La poesía es un acto comunicativo entre dos o más seres humanos; es un acto terriblemente humano. En Epitafios inútiles, Solera es un poeta que no cambia, no se transforma, sino que  nos revela su humanidad, una humanidad que se desplaza de lo celeste a lo terrestre, de lo terrestre a lo infernal. El poeta es un hombre que desnuda sus sueños, sus ambiciones, sus fracasos, sus heridas, sus recuerdos. Nos deja penetrar en su mundo que constantemente destruye  y renace en el seno del poema.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Edmundo Retana: Un poeta calladito 2.0.


Edmundo ha dicho: “La poesía es para mí ese instante preciso e irrepetible en que intento captar la esencia de una situación, o de algo o alguien; como en una fotografía, un giro musical, una hoja llevada por el viento. Obtengo así un fragmento velado de asombro, constelación o suma de sensaciones que puedo dar a otros. Si el poema así logrado alcanza conmover o hacer sentir mi experiencia el objetivo se ha cumplido. He logrado trascender el instante. El acto poético ha sido consumado”.
En mis lecturas de poetas costarricenses, siempre he buscado esas constantes que forman la historia literaria. Edmundo pertenece a la historia de la poesía de Costa Rica, para mayor precisión, a la segunda postvanguardia, es decir, a los poetas que nacen entre 1955 y 1969. Poetas como Mario Camacho, Gerardo Morales, Marco Tulio Mena, Norberto Salinas, Adriano Corrales, José María Zonta y Frank Ruffino, para no citar más,  comparten un interés por la comunicación, y algunos, no todos, siguiendo el ejemplo del poeta Isaac Felipe Azofeifa empiezan a publicar en plena madurez. En la segunda postvanguardia, también llamada Generación Dispersa, otros estudiosos perciben ciertas afinidades con la generación anterior, sobre todo la persistencia de ciertas utopías políticas, amorosas, existenciales y filosóficas. La poesía se concibe como un instrumento de lucha, por lo que permanece la confianza en el poder de la palabra como medio de transformación del mundo; aunque existe otro grupo de poetas que desarrolla temas como el desencanto ante el mundo, la decadencia, la evasión y la falta de fe en la posibilidad de cambio a través de palabra.
            En 1991 se atreve a publicar sus poemas reunidos bajo el título Los bailes íntimos. Como bien señala Manuel Bermúdez, es un poemario que “recoge la nostalgia y la sorpresa de lo cotidiano. Parece tener siempre el punto de vista de un niño. La añoranza en su poesía es constante entre la nostalgia y juego.”   Los bailes íntimos es un libro de ternura inusitada, de una ternura construida sobre los recuerdos de la niñez, el amor y la vida. La infancia le obsequia ese dejo de inocencia virginal, ese paraíso primero es el paraíso, no hay vuelta de hoja, o la hoja baila sobre la luminosidad del día. En Edmundo, la vida se forma de esos elementos instantáneos que el poema petrifica en las letras. Otro de los temas perennes de toda la poesía es el amor erótico, fraterno y familiar. El amor amor es encuentro y despedida, es traer y llevar por la existencia la esperanza. Pero también la soledad se halla presente en los poemas, una soledad que proviene de tomar conciencia de nuestra intimidad y de nuestro devenir. En Edmundo Retana la vida lo es todo; es el canto, el pájaro, la hormiga, la hoja que vuela por el aire, mamá, papá, la hermana, la amada. Quizás por eso esa ternura pensada, meditada, sorprende al lector, lo inquiere, indaga su ser hasta revelarnos su fondo.
            Edmundo descubre lo maravilloso que tiene la realidad, no nos presenta simples anécdotas de colegial. Ni hace pasar chistes por poemas. Nos muestra la realidad desde diversas perspectivas. El niño, el hombre, el amante son formas de ver el mundo; por eso, puede describirnos:
el combate que urden
las cosas en silencio.
O la llegada o ausencia del padre
Olés a muerte, papá.
O el descubrimiento del amor
Todo es secreto
hasta que un buen día de amor
te encontrás lleno.
O la revelación de los recuerdos
Este momento lo soñé antes,
estaba en los pasos de mis hijos,
en algún libro amarillo.
            Cada poema de Edmundo Retana busca la eficacia y la eficiencia del lenguaje. Nada sobra. Todo está ajustado a la emoción que el poeta quiere transmitirnos. Minimalismo. Síntesis. El poeta ha desechado todo ropaje de abalorios, que distraigan del objetivo primordial: hacer sentir al lector. Para lograr esto, el poeta nos invita a leer su receta:

Mis 10 reglas de escritor
1.      Si me mantengo leyendo estoy acumulando energía que en algún momento me servirá para escribir. Debo leer solo lo que me gusta.
2.      Leer poesía me crea un cierto estado de alerta que puede llevarme a escribir. Leer poesía es hacer poesía sin que necesariamente esta se escriba.
3.      No debo preocuparme por escribir poesía en sentido estricto. Un correo, una carta, una tentativa de cuento, pueden contener el poema. Escribir un poema no es un acto deliberado.
4.      No es bueno hablar sobre lo que se quiere escribir. Al hacerlo uno malogra el tema.
5.      No hay que preocuparse por la unidad de lo que se escribe. Esta se va dando sola. La unidad es uno mismo.
6.      Hay que estar atento al poema. Aprender a identificar la sensación interior que lo acompaña.
7.      Los poemas tienden a resolverse con el tiempo. El paso de la vida va dando la palabra justa, el giro exacto o la habilidad de encestar, con gran precisión, el papel arrugado en el basurero.
8.      La primera frase es el germen del poema. No hay que corregirla cuando nace. Ni las que siguen. Esa es una tarea posterior que tiene su propia lógica.
9.       Lo más importante de escribir es el placer que uno siente cuando lo hace. Leer a otros es un poco prolongar esa sensación.
10.  Los libros de poesía responden a ciclos de vida. No se pueden apresurar ni demorar. Un buen poemario es casi siempre una metáfora de un tiempo.


Este decálogo es el fundamento de una obra que se ha ido escribiendo en silencio, sin el bombo y autobombo de los falsos poetas o profetas. Edmundo Retana es un poeta que conoce el oficio de escribir, sabe que la fama y la gloria son vanidad de vanidades, él quiere sentir y hacer sentir al lector, crear esa empatía en el escritor y el lector, entre seres humanos.

domingo, 28 de septiembre de 2014

Una lectura subjetiva de Todo tiempo futuro de Adriano de San Martín



Todo comentario, cualquier comentario de un texto poético debería alumbrarnos sobre su significado; y  guiar al lector por los entresijos de las palabras y de las imágenes. “Todo tiempo futuro” es un libro cósmico, o mejor dicho, un libro que desarrolla una cosmogonía universal. Su título invoca lo que está por venir, lo que está viniendo. Su contenido nos devuelve al pasado, a ese pretérito mítico y primitivo, en que la humanidad aún sueña con las fuerzas divinas de la naturaleza. Título y contenido se hayan en una unión indisoluble y paradójica. En principio, porque la sabiduría popular recuerda: “Todo tiempo pasado fue mejor”, aunque Sábato dice en una de sus novelas: No indica que antes sucedían menos cosas malas, sino que, felizmente, la gente las echa en el olvido. Desde luego, semejante frase no tiene validez universal; yo, por ejemplo, me caracterizo por recordar preferentemente los hechos malos, y, así, casi podría decir que “todo tiempo pasado fue peor”, recuerdo tantas calamidades (…) que la memoria es para mí como la temerosa luz que alumbra un sórdido museo de la vergüenza[1].
 De esta manera deberíamos leer el libro, “Todo tiempo futuro” como una contradicción en ciernes, o como síntesis de las contradicciones que preocupan al poeta. Extraña que el editor haya obviado el índice del libro, pues aunque se presenta como una sucesión de textos poéticos en prosa y en verso. Los poemas se estructuran en tres estratos intercomunicados: cósmico, individual y literario-cultural.  El poemario se pudo haber divido en tres secciones o partes. La primera parte la formarían los poemas “Nacencia” y “La Nacencia”, este segundo dividido en doce partes. El primero está construido en una enumeración caótica de frases de diversa índole, donde contiende un yo y un vos, cada frase es un golpe y el universo es un cuadrilátero, un tópico recurrente de la poesía de Luis Chaves, Alfredo Trejos, Paola Allier, entre otros. El origen del tópico se puede rastrear en Los giróvagos del numen de Carlomagno Araya y la obra de Carlos Martínez Rivas. El enfrentamiento de un yo inocuo frente a un universo maligno o que se acerca al mal parece ser la premisa de los poemas que forman este apartado. Sorprende quizás en este primer poema los recursos vanguardistas que utiliza el poeta, como la ubicuidad del sujeto y la aglomeración de elementos de procedencias tan diversas como  refranes, eslóganes y  habla popular o “pachuco”.
            El poema “La nacencia” es un poema más amplio y de mayor alcance y mayor complejidad. Se inicia con el símbolo de la luz como despertar del cosmos. Y a partir de allí se desarrolla en cada fragmento una enumeración caótica de símbolos, objetos, mitos, referencias literarias, populares. Los poemas buscan sintetizar las contradicciones, anular los opuestos. Constantemente hay referencias a este proceso de síntesis:
  • Es el principio del fin, el fin del principio. El equilibrio del centro.

  • Todo está porque transcurre y permanece. Fluye. Pasado en presente. Presente en futuro. Futuro en pasado.

  • Todos los tiempos en un tiempo de todos para todos en el cero primigenio, el uno primordial.
            En este largo poema, lo fundamental es la creación poética, la poiesis, de allí que Nada es literatura. ¡Sencillamente versar! El poema instituye el mundo como el mundo instituye el poema. Este paralelismo especular viene a comunicar que la poesía es alquimia, y la alquimia es poesía. Y el poeta es un vidente… Por eso hay que dejar el trance a los Poetas. Son ellos quienes descifran sus goznes, sus giros, sus batientes. Las tumbas son el símbolo perfecto de la alquimia, y en el cuarto fragmento del poema aparecen juntas y revueltas. En la quinta parte, el hablante lírico o yo lírico se propone en el inicio del año. El principio también es el final. El mundo que se habita es el del capitalismo, y el consumidor como espectador y espectáculo, a la vez. El poeta deambula por la ciudad reconociendo aquello que dolorosamente es la realidad. En la sexta parte, los nombres míticos y literarios se convierten en lenguaje, porque el poeta al final también es un traductor del cosmos:
Traducimos y traicionamos como en toda traducción. Porque lo invisible se torna visible y vice y versa. ¡Y dialogamos!
            La séptima parte también se construye en una enumeración caótica, donde reelabora la imagen de las grandes ciudades, las ciudades llenas de muertos vivientes, de zombis que consumen todo lo que la ciudad ofrece. La ciudad como árboles donde tiempo y espacio se reúnen, se conjugan, se mezcla en un nuevo y antiguo cronotopo.  En la octava parte, aparece de nuevo la imagen del poeta: El Poeta Cantor en la Larga… se perpetúa. Cuenta y canta. Canta y cuenta. En la novena parte, el poeta evoca el espacio por excelencia de los poetas: El bar. Locus por excelencia de las elucubraciones poéticas, de allí, que el poeta diga: Tal vez por eso precisamos de otra Nacencia: morir, nacer, remorir, renacer… ¡Y escribirla! La décima parte regresa al tema mítico, el sujeto es América, un sujeto transhistórico sin rumbo, que rueda por la historia. La undécima parte, es el no-espacio, el no-tiempo, la negación en sí misma. La pregunta final: ¿En algún lugar florece la poesía? No es una pregunta retórica, es el núcleo de las preguntas que hace el poeta al lector.  No deja de ser paradójico, cuando todas las parte del poema han repetido que versar es el fin y el principio. “La nacencia” termina con el poema 2013, este se propone que la historia igual que nuestras palabras es reversible, circundante, repetitiva. El lenguaje construye la historia y todos los saberes, nos conduce a un espacio-tiempo neutral donde se borran las diferencias: la unidad del principio o el principio de la unidad. El amor es la nueva religión de un planeta que se cae a pedazos. El poeta nos previene del derrumbe. El valor numérico de las palabras es un mantra, un ejercicio cabalístico para descubrir o develar el uno. Este poema cierra toda la experiencia mítico-religiosa del poeta.
            Como se ha afirmado, el libro puede fraccionarse en tres partes, la segunda la constituye el poema “Romance contra mi pueblo”. Este se divide en treinta y un fragmentos. Los romances nos cuentan historias, no necesariamente amorosas, y no necesariamente noveladas. El regreso del poeta al su pueblo natal es la narración del desencanto, es el encuentro con los amigos de la infancia, de la adolescencia y sus familias: Es bueno volver a mi pueblo/ y encontrar/ antiguos amigos/ excompas del cole…/ Todo el carácter melancólico y familiar del poema nos revela las transformaciones de un entorno hasta entonces conocido: Las hijas de los antiguos amigos/ chicas champú minifalda/ en Cachos Largos o en La Cantina / remedo de  verdaderas cantinas… Como es común en la poesía contemporánea, el bar se convierte en espacio de moda. El poeta se presenta como un ser abanderado de la libertad, de lo irracional y lo anticonvencional: El cronista de este pueblo/ ha sido denunciado ante los tribunales / por su forma extraña de beber/ fumar, hablar, amar… en fin / de comportarse con las mujeres del prójimo…/ El hablante desarrolla una crítica a la sociedad capitalista que ha ido transformando la ciudad de la infancia, el paraíso perdido: Vi a los vigilantes/ de los nuevos negocios/ también los marginales/ tendidos en su saco de gangoche/ y a los nuevos gerentes/ raudos como cadáveres en sus coches… El poema termina con un juego musical, muy propio de la literatura infantil: Mi pueblo/ es un misterio/ en clave/ de Fa/ de Re/ de Sol/ de Do/ pingüe/ (en clave) El juego y la poesía siempre han estado relacionados más allá del simple aprendizaje de las normas en la sociedad. Así como aceptamos las reglas del juego aceptamos las reglas de la poesía.
            La tercera parte la formarían los poemas: “Aroma de Café”, “Escultura 2”, “Habana Revisited”, “El poeta pregunta por Stella”, “Julia de Burgos”, “Mary”, “Te Ele”, “De Ce”, “La oración”, “La niña en el ojo”, “Pe Pe”, “Conferencia de prensa”, “La fama”, “Una palabra olvidada”, “The Star Spangled Banner”, “Vigilancia y castigo”, “Detector de espinas”, “Cuerda floja”, “Rimbaud”. Interesa está sección porque solo “Aroma de café” y “Habana Revisited” son poemas divididos en partes, el primero en 7 y el segundo en cinco apartados. Los otros poemas expresan ciertos intereses del poeta, de carácter artístico, literario o social.
            El poema “Aroma de café” es un poema que revela las relaciones entre el “grano de oro” y los viajes al extranjero del poeta. El café más que un símbolo de la riqueza del país, viene a simbolizar la amistad, la solidaridad y la unión entre los pueblos. El poema “Escultura 2” es un poema dedicado a Lupita Araya y Francisco Mata, amigos del poeta y del arte, en el que viene a reivindicar la comunicación en la poesía. Por otro lado, “Habana revisited” es un extenso poema en prosa, muy diferente a “Bocetos de La Habana” ese poema que aparece en el poemario Tranvía Negro, también de Adriano. En este nuevo poema, el espíritu que lo anima es la desilusión, el desencanto, tan común en los poetas que forman la generación de Corrales: La Habana está pensada para turistas con cámaras para retratar edificios de cartón, estatuas… Es un poema sobre todo descriptivo en los que el poeta, utiliza la mirada como cámara para ir recorriendo esos rincones que forman la ciudad. Este espacio que retrata el poeta no es un lugar frío, geométrico y alienante, sino que dentro de ella reverberan, como en un espejo, los sentimientos personales de nostalgia, amistad, pero también de desilusión. El poema “El poeta pregunta por Stella” nos entrelaza dos personajes míticos de la poesía nicaragüense –Rubén Darío y Carlos Martínez Rivas− con figuras importantes del quehacer artístico costarricense como Carmen Lyra, Ninfa Santos, Yolanda Oreamuno, Eunice Odio, Chavela Vargas, y sobre todo, Rafaela, ese personaje mítico en la mente de los poetas, ese ánima que gravita entre el corazón y el recuerdo. Lo femenino es uno de los símbolos más comunes en la tradición, símbolo que normalmente se asocia con la naturaleza. Esto ocurre con el poema “Julia de Burgos”, esa poeta puertorriqueña que el poeta redescubre para los lectores costarricense. Así entre mujeres escritoras y artistas, el poeta se decanta por esos amores de la adolescencia. “Mary” es el ideal que un instante olvidamos y que ahora trato de retener con el inútil abecedario. Los poemas “Te Ele” y “De Ce” continua la sucesión de rostros femeninos, que de alguna forma se evaporan de la memoria pero allí están contemplando y siendo contempladas. El siguiente poema “La oración” parece retomar el tema de Novalis, o Cavafis, que dicta: “Poner un dedo en un cuerpo humano es tocar el cielo”. La unión de los amantes es saber que allí estuvo Dios. Con el poema “Niña en el ojo” se termina el recorrido por las figuras femeninas.
            Los poemas siguientes poemas tratan temas variados: el poeta frente a la autoridad, la canonización institucional, la fama, la guerra de Vietnam, la bandera, la locura, etc. El poemario cierra con un pequeño poema dedicado a Rimbaud, ese vidente de la poesía del siglo XIX, que revolucionó las formas y los contenidos en la poesía francesa. Rimbaud es el poeta-niño, quien mediante su experiencia de Dios, alcanzó, sin creencias ortodoxas, el estadio que los místicos tratan de conseguir, y en el que ya no existe la posibilidad de creer o no creer, de la duda o de la reflexión, sino de la pura sensación, del éxtasis y de la unión con el Todopoderoso. Esta alianza o ligazón constituye la anulación de las diferencias, como lo es la unión sexual o la transmutación alquímica.
            Todo tiempo futuro es un libro complejo, pero a su vez, sencillo, que supera las contradicciones en su interior, creando un modelo del mundo que obsesiona al poeta en toda intensidad y diversidad. De allí, que al leerlo podemos leernos a nosotros mismos, como si miráramos en un espejo fracturado.




[1] Sábato, Ernesto. (1975) El túnel. Buenos Aires: Editorial Suramericana.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Manifiestos en pleno siglo XXI

DEFENSA DE LA POESÍA

El momento de la Historia que nos ha tocado vivir está marcado por la incertidumbre en todos los sentidos. Cuando pensábamos que el siglo XX agonizaba y con él los grandes temores y catástrofes capaces de minar la fe en la humanidad, no han surgido los puentes que destruyan nuestros precipicios. Al contrario, resulta más difícil intuirlos, imaginarlos. La incertidumbre parece abarcarlo todo: la política, la moral, la economía, las nuevas formas de comunicación que paradójicamente han provocado una mayor incomunicación… También las viejas utopías que parecieron realizables y llenaron de ilusión a millones de ciudadanos se han desmoronado mostrando sus miserias cuando han sido suplantadas por los hombres, añadiendo aún más incertidumbre a todo lo que nos rodea.
Nuestra generación está marcada por esta incertidumbre y creemos que es necesario hacer un alto en el camino, reflexionar, mirarnos a los ojos, establecer una cercanía menos artificial, más humana. La poesía puede arrojar algo de luz para alcanzar algunas certidumbres necesarias.
“La poesía es un modo de ajustar cuentas con la realidad”, ha repetido muchas veces el poeta español Luis García Montero. Sin duda sucede así en los buenos poemas, aquellos que son capaces de provocar emoción, de conmover, de hacer pensar, de llenar un vacío que nos acompaña. “Deseo expulsar de mí cualquiera palabra, cualquiera sílaba que no nazca de la combustión de mis huesos”, escribió el mexicano Ramón López Velarde en 1916. Casi un siglo después, el poeta Joan Margarit trataba de explicar, porque realmente se hacía de nuevo necesario, que el límite de la poesía es el de la emoción.
La emoción no puede estar de moda. La emoción es universal e intemporal. Y la poesía tiene que emocionar. Ante tanta incertidumbre, para nuestra sorpresa, una gran parte de los nuevos poetas en español se han adscrito a una tendencia tan experimental como oscura. Como los hombres que rodeaban a Orfeo para escucharlo tocar su lira y de ese modo hacer descansar su alma, asisten a las preguntas de nuestro tiempo tratando de ignorarlas, entregándose al arte por el arte, renunciando a las preocupaciones que conmueven a la gente normal, a las almas que buscan respuestas, que rozan el milagro de la supervivencia y que se hacen preguntas, que sienten la incertidumbre en sus manos y en sus aspiraciones. Esa reacción de los artistas, de los poetas en particular, no es nueva. Los jóvenes siempre han tenido la tentación de contradecir a sus mayores en un arrebato adolescente en busca de construir sus identidades. En la poesía actual, ese camino supone oponerse a quienes tanto han trabajado para que la poesía se entienda, se humanice, se aproxime a la gente corriente. Si en la segunda mitad del siglo XX los mejores poetas de nuestra lengua abandonaron las liras y las torres de marfil, la poesía última, en busca de un nuevo camino, de una nueva actualidad literaria, se ha subido a un pedestal. En esta tarea se han visto legitimados por algunos poetas cuyos proyectos literarios fracasaron de manera estrepitosa precisamente por abrazar el barroquismo gratuito y la frivolidad de la moda literaria. Ahora buscan una segunda oportunidad elogiando lo que precisamente les condujo al callejón sin salida de las palabras huecas.
Queremos mostrar nuestra desolación ante esta dinámica que nos parece destructiva para la poesía porque conduce, de manera inevitable, a su deshumanización. Admiramos a poetas a los que hemos tenido o tenemos la suerte de conocer, como Ángel González, Jaime Gil de Biedma, Gonzalo Rojas, Claribel Alegría, José Hierro, Luis García Montero, Benjamín Prado (y los poetas de la conocida como Poesía de la Experiencia), Juan Manuel Roca, Marco Antonio Campos, Jorge Boccanera, José Emilio Pacheco, Mario Benedetti, Gioconda Belli, Oscar Hahn, Omar Lara, Waldo Leyva, Piedad Bonnett… Ellos siguieron el camino, la tradición literaria de Rafael Alberti, Antonio Machado, César Vallejo, el primer Octavio Paz, Pablo Neruda, Miguel Hernández, Federico García Lorca, Luis Cernuda… Son muchas las lecciones que pueden desprenderse de ese largo camino. Han escrito una poesía perfectamente entendible, han procurado reflexionar sobre el mundo que los rodeaba tratando de ordenarlo en un poema, han dialogado con sus fantasmas y con sus lectores, estableciendo una comunicación imprescindible en cualquier género literario, y han huido de las modas y de la actualidad poética, es decir, nunca han escrito contra nadie, no han tratado de ser novísimos. Estamos convencidos de que no se puede escribir poesía contra alguien, del mismo modo de que la peor idea de todas es escribir un poema sin ideas.
Los discursos fragmentarios, el irracionalismo como dogma y el abuso del artificio han supuesto la ruina de la poesía en muy diferentes etapas de la historia de la literatura. Han hecho tanto daño, que hoy la poesía está considerada como un género difícil que sólo leen los poetas, porque sólo parecen entenderse entre ellos como los habitantes de unas ínsulas extrañas.
Prueba de ello es el estado comatoso que tiene el panorama poético en la mayor parte de los países europeos, algunos de ellos con tradiciones literarias tan importantes como Italia o Francia. También es evidente la marginación que sufren los libros de poesía en cualquier espacio, ya sea una librería, un suplemento cultural, un periódico, una biblioteca… Los lectores empiezan a alejarse peligrosamente de la poesía, entre otras cosas porque cuando empezaban a intuir que se trataba de un género accesible, que transmitía emociones, algunos poetas de las nuevas generaciones están sembrando la oscuridad en la incertidumbre, eso por no mencionar las poéticas del silencio.
Cuando un poema no se entiende, el lector suele culparse a sí mismo, inducido por la idea generalizada de que el poeta es un ser con una sensibilidad diferente, superior. Una idea tan falsa como interesada. Si un poema no se entiende el único responsable es quien ha tratado de establecer la comunicación. O bien no ha sido capaz por sus limitaciones, o bien no lo ha conseguido porque no era su propósito, porque sólo buscaba la erudición y el artificio, algo que está bien visto, que tiene buena prensa y que provoca una palmadita en la espalda de la crítica, sumida en gran parte en la misma torpeza. Si un poema no se entiende, por lo general lo que sucede es que el poeta no ha hecho bien su trabajo. Los poetas somos personas normales, con los mismos temores y preocupaciones que el resto de los seres humanos, aunque tratemos de mirar con atención lo que nos rodea, buscando lo que hay detrás de la apariencia, para después afrontar el acto de incertidumbre que es escribir un poema que pueda arrojar algo de luz a la realidad.
Por estos motivos, todos los inventarios simbólicos artificiales que alejan a la poesía de su consustancial sentido comunicativo no hacen sino ocultar una falta de latido vital o de auténticas ideas. Los versos puros no necesitan disfraces ni simulada complejidad, simplemente redefinen las peculiaridades de la realidad sin abandonar jamás la atalaya de los sueños.
“Al lector se le llenaron de pronto los ojos de lágrimas, / y una voz cariñosa le susurró al oído: / —¿Por qué lloras, si todo en ese libro es de mentira? / Y él respondió: / —Lo sé; / pero lo que yo siento es de verdad”. Este poema de Ángel González resume de forma excepcional lo que entendemos como el milagro de la poesía, la capacidad de transmitir un sentimiento gracias al idioma y a los diferentes recursos que ofrece el género. Sin ese intento de transmitir emociones, de llenar un vacío, de reflexionar sobre el mundo, de convertirse en mil hombres; el poema está hueco, no tiene vida.
Hoy es necesario superar el artificio estéril y soso, el poema que no dice nada, el poema que enuncia y enuncia y jamás encuentra el sentido, la histeria por el experimento per se, la ingenua búsqueda de una “novedad” que jamás se halló.
La poesía nace, como todo arte, de un sentimiento humano universal como es el anhelo trascendente. Va mucho más allá de los atrevidos juegos de estilo o las oscuras construcciones lingüísticas que parecen facturados sólo para un selecto grupo de iniciados. La poesía ha pertenecido y pertenecerá siempre a la humanidad entera, es un caleidoscopio luminoso y claro que se adentra en los recovecos más recónditos de nuestra conciencia. Nace desde un yo poético pero se remansa indefectiblemente en el nosotros, creando ese espacio de comunicación universal que puede existir tan sólo entre corazones humanos liberados de escudos y armaduras. La poesía no encadena ni encorseta a su lector u oyente con fingimientos prefabricados o yuxtaposiciones carentes de significado íntimo. Al contrario, la poesía nos libera y nos reviste de nobleza, pues propicia la sensibilidad a los estímulos del mundo exterior.
En definitiva, somos partidarios de una poesía que formalmente incluso alcance el preciosismo. Pero creemos en una poesía que además comunique, que diga algo, que porte sentido. Una poesía que conmueva y, en el mejor de los casos, estremezca, cimbre, cumpla con el rigor de lo poético que pedía Robert Graves, cuando se refería a la diosa blanca: “El motivo de que los pelos se ericen, los ojos se humedezcan, la garganta se con-traiga, la piel hormiguee y la espina dorsal se estremezca cuando se escribe o se lee un verdadero poema, es que un verdadero poema es necesariamente una invocación de la Diosa Blanca”. El poema entonces, también es un dictado, un puente hacia lo otro, hacia lo más. Quizá Borges, mitad con ironía, mitad en serio lo explique mejor cuando contaba lo siguiente: “Se trata de una cita de Bernard Shaw. A éste le preguntaron: “¿Usted cree realmente que el Espíritu Santo ha escrito la Biblia?”, y Bernard Shaw contestó: “No sólo la Biblia, sino todos los libros que vale la pena releer.” Es decir, para Bernard Shaw, el Espíritu Santo es lo que antiguamente llamaban la Musa.”
Pero, a fin de cuentas, ¿la musa para qué y por qué? Porque todo se hace para alguien, y la musa es la emoción y el talento, una metáfora de la necesidad de comunicación que tienen todas las personas, de sentirse comprendidas, de encontrar respuestas. Y también para dar cuenta de nuestra existencia concreta, del aquí y el ahora, de la manera en que participamos del mundo. Para mostrar la sensibilidad de nuestro tiempo, un tiempo lleno de incertidumbre sobre el que la poesía puede seguir arrojando algo de luz si los poetas quieren.
Seguimos creyendo que una de las misiones de la poesía es enfrentarse al poder. Y el poder de hoy no hace más que invitarnos al silencio, al fragmento, a las subjetividades ensimismadas y a la pérdida de diálogo entre las conciencias. Queremos decirle adiós a todo eso.

Tomado de Poesía ante la incertidumbre (2011)

miércoles, 30 de julio de 2014

Poema I


I
Todo lo que escriba tendrá aroma a sepulcro,
a espejo báltico,
a murmuración y muchedumbre.
La vida es esto que llamo vida.
El fuego es aquello que escapa a la altura.
Los sepulcros son los retratos del amor abandonado.
Los espejos bálticos son los rostros del arlequín.
Lo que escriba será relámpago y caída al vacío.

Todo olvido es solo otra forma de conocer.
Los parques,
los teatros,
los edificios,
la ciudad que se desangra,
son parte de esta locura que llamo amor.
Esta locura, que salta demoníaca, 
sobre un ejército de arcángeles,
de bestias,
de gusanos gigantes.

Todo lo que escriba es la herida del resplandor,
una herida profunda y sagrada,
que busca y no encuentra,
y al encontrar olvida.
Todo esto ocurre,
dentro de la vida,
porque la vida es esto
que llamo amor,
aunque el amor esté vacío.

 De Grado Cero (2013, inédito)

lunes, 26 de mayo de 2014

Del Taller Literario del Café Cultural "Francisco Zúñiga Díaz"


El Taller Literario del Café Cultural "Francisco Zúñiga Díaz" fue fundado en 1976 y cerró sus puertas en 1996, con la muerte de Chico Zúñiga. De él salieron escritores de prestigio, con libros publicados. Algunos alumnos han ganado premios nacionales e internacionales (Joven Creación, en cuento, de la Asociación Nacional de Educadores, de la UNICEF, etc.) Comprende todas las áreas de la literatura, aunque se especializa en cuento y poesía. En la actualidad (1994) tiene una membresía de 21 compañeros activos. Las edades fluctúan entre 73 y 17 años. No existen problemas "generacionales": todos sus componentes se llevan muy bien. Publica la revista Semblanza, los desplegables Frondas, y tiene para este año (1994) la publicación de dos antologías (una de poesía y otra de cuento) Ha iniciado la publicación de "libritos" bajo el sello Ediciones del Café: próximo poemario: El laberinti del séptimo círculo, por Delia Mac Donald. Cuenta con la ayuda del Instituto Nacional de Seguros pero, sobre todo, con el trabajo activo (artesanal) de un sector muy grande de sus componentes. Su fundador fue Francisco Zúñiga Díaz, escritor destacado de Costa Rica. En homenaje a su figura se bautizó en 1989 con su nombre al Café Cultural. El Taller Literario tiene - en el curso de 18 años - varias publicaciones: Juego de cuentos, Convivio de Poesía, Semblanza, Frondas, etc. El taller tuvo dos etapas, la segunda se inició en 1987 y terminó en 1996.



sábado, 17 de mayo de 2014

A veinte años de la Biblioteca del Café

En 1994, junto con Francisco "Chico" Zúñiga Díaz, con su ayuda, comencé mi primera aventura editorial: "BIBLIOTECA DEL CAFÉ". Publicamos varios libros hasta 1995, durante ese año me retiré del taller literario del Café Cultural "Francisco Zúñiga Díaz", después dos compañeros más publicaron sus primeros libros. Con la muerte del Maestro, el proyecto del Café Cultural quedó a la deriva, quienes se apropiaron de su nombre lo hicieron en beneficio propio. Aquí están las portadas de esos primeros libros, un homenaje al cuentista y al Maestro.