lunes, 26 de abril de 2010

Los extravagantes


Hay enfermedades extravagantes 
que consisten en desear lo que no se tiene... 
André Gide 

En el salón de los incurables, 
la magia consiste en descubrir 
que hay enfermedades extravagantes, 
que estuvo enfermo de rigor y cisnes sangrientos, 
enfermo de lejanía, de muertos  
que regresan con sus algas 
desde las cantinas del mar y de la noche. 
Su amor era una fiebre  
que lo tiraba sobre un lecho, 
con una corte de mujeres, 
arder y sudar sobre un pubis níveo, 
sobre un pubis canela,  
sobre cualquier pubis. 
Nuestro paciente era como nosotros,  
deseante y capaz de mirar  
como un feroz cuchillo 
por encima del hombro. 
Su mordedura abría los caminos 
a los círculos perfectos del fuego fatuo. 
Enfermo de una piel deliciosa,  
sucumbía a sus ritos nocturnos, 
perseguía el cabello de las enfermeras  
bajo la luna nueva, 
cuando el parque estaba lleno de horizontes 
y sobre los pezones en flor, goteaba la luz 
como una dulce maravilla... 
En el salón de los incurables, 
hay enfermedades extravagantes 
y la tuya fue la peor de todas, 
aunque nadie sepa, 
cómo descubrirla de nuevo...

domingo, 25 de abril de 2010

Lamento lagrimoso

No hay verdad más dulce que las lágrimas: 
hay lágrimas de cocodrilo y codorniz, 
hay lágrimas salobres a la mañana  
y en la medianoche,
que bajan por mejillas,  
bañadas de rubor y pelos de gato. 
Lagrimoso, nos invita a escuchar 
su último poema en La Flota: 
Esta noche lloré a chorros, 
con toda mi estatura, dentro de mí y fuera de mí, 
lloré como solo llora un hombre, 
cuando se acaba la esperanza y el azúcar, 
la dulce compañía de lirios y verdor. 
Lloré por los pechos mordisqueados por ratones, 
como aquel viejo pájaro cantor de Góngora, 
como el viento y aún más silencioso que el viento. 
Lloré con un llanto, largo y acuático, 
por el beso polisílabo, 
por las sábanas manchadas de cuerpos anónimos, 
por la mirada de un cielo duro y vidrio. 
Regresando solo y sin memoria, 
lloré encima de mi cuerpo y debajo de mi sombra, 
confundido y  atroz como un cubista, 
como un paisaje que desentierra sus raíces 
y descubre la piel más hermosa y diminuta 
en los dientes de un gusano. 
Dentro de La Flota la luz nunca se apaga, 
y derrama lágrimas como túneles, 
como las fotografías manchadas 
que guarda debajo de su cama.

martes, 6 de abril de 2010

Edmundo Retana: un poeta calladito

Cada día que pasa, uno se queda más atónito, más anona... anonadado, en este ambiente literario. ¿Qué es la crítica? ¿Qué es el comentario? ¿Qué es una autoridad? ¿Qué es la historia? ¿Alguien lee fuera de los círculos, las capillas, los cenáculos o los talleres literarios? ¿Qué es lo que lee? ¿Por qué es tan importante el Aquileo J. Echeverría? ¿Por qué uno y no otro debe ser jurado de los premios nacionales? ¿La literatura debe enseñar valores o antivalores? A veces, pienso, ¿alguna vez la poesía costarricense se hundió en las aguas del Cementerio Marino?  ¿Alguna vez la poesía costarricense descendió a los infiernos de  la ciudad y extrajo los horrores de la belleza? ¿Alguna vez comprenderemos que nuestras actitudes frente a la poesía y la literatura nacional son el resultado de la tensión entre la cultural oral y la cultura escrita?  Cada día son más preguntas que quedan sin respuesta. Cada día son más misterios sin resolver. 
Sin embargo y a pesar de todo, uno puede sentarse una tarde, releer algún libro, solo por el placer de leer, de saborear las palabras, abrir alguno de los libros de Edmundo Retana (1956) y descubrir una poesía personal, sencilla, con esa sencillez que aún estremece y evoca la nostalgia de lo cotidiano, la añoranza de la ternura. La poesía de Edmundo se desarrolla en esa línea de poesía comunicante, familiar e íntima, que busca lograr una empatía con un lector universal. La poesía de Edmundo Retana es transparente, porque no ha sido manchada por la moda o la pose, porque no es la imagen a la medida de un patrón literario, porque es una afirmación de la belleza pura. Así los invito a leer estos poemas:

XI
¿Qué pensás de los días de setiembres?
¿De las sorpresas del ocio?
¿Qué pensás de los madrigales
recién estrenados
como estacas en el tacto?
¿De los bailes íntimos?
¿No te derriba la sombra en el espejo?

XXVI
Todo está buen mamá, no temás.
Mira que las flores disimulan la partida
y un conejo cabe en el sombrero.
No temás, andá y decile
a las begonias del patio
que hoy te ha nacido un hijo en el costado.
Cantá la palabra diciembre,
sentate a comer una naranja
y, sobre todo, no mirés
allí donde el silencio me quemaba el alma.
No mirés allí, no mirés,
vete a hacer algo,
deshojar el mar
o darle una alcancía al viento, no mirés.
de los bailes íntimos (1991)
Eras muy pequeño cuando íbamos a juntar frutas a la arboleda. Yo te enseñaba a decir casa, arbol, noche... Sentía deseos de hablar muchas cosas pero no sabía como hacerlo. Pero vos escuchaste los inaudible, algo como un canto escuchaste, en el lugar del silencio.

quiero pensar que habrá paz
que mi cuerpo un día
atravesará el umbral
hasta encontrarse
con su luz
desnuda.

La dueña de los frutos y de las estaciones se marchó, la que regía el curso de la noche y estableció los horarios de crecimientos y desvelos.

Dicen que en sus brazos llevaba la fortuna de las estrellas, que el viento norte la llevaba a lomos del abismo. Era un conjuro de árboles erizados de frío.
de Pasajero de la lluvia (2006)

DECÁLOGO DEL POETA MEDIOCRE

1. Escribir de cosas hermosas no hace bueno un poema Las rosas y las joyas, estamos de acuerdo, son hermosas. Pero incluirlas en un poe...