Todo fue consumado.
Los niños ya no eran niños,
el miedo florecía en los vasos bizantinos,
las calles desiertas
mostraban al mundo
la decrepitud de los dioses.
Ahí estaba –lo juro – acariciando la belleza,
porque sabía que el placer es bello,
y la delicia, golosa,
y la luz, un ángel que concibe
la embriaguez en los cuerpos.
No me había dado cuenta:
el horror exhibía sus dientes amarillos,
y la gente corría de un lado a otro
sobre gritos y fantasmas.
Adentro, los labios probaban el dulzor
sobre sábanas domesticadas,
y se alargaba la dicha
sobre una sombra suculenta.
Nos entregábamos al placer que,
de algún modo, era prohibido,
lapidado por un dios, triste y arrogante.
de Corriente subterránea (2004-2010)
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Mi confesión:
ResponderEliminardisfruto este poema. Lo leo, y el horror se vuelve bello, no dejo de repetirlo. Un abrazo, como siempre.