jueves, 9 de abril de 2009

Grandes poetas costarricenses IV

Entre más y más me acerco al fin del siglo XX, más difícil se me hace pensar en grandes poetas costarricenses. La cercanía del lector con los textos y a veces con los poetas no deja de ser una incomodidad. La estima y el desprecio se entrelazan para juzgar las obras de los muertos y los vivos. El gusto es al final nuestro juez y nuestro verdugo, o será el viento de León Felipe. Nunca escapamos de nuestra propia estética, aún así, reconocemos el valor de una obra, cuando ha superado el tiempo y permanece tan pura y clara, como desde aquel primer día en que la leímos. Recuerdo que los ochenta era obligatorio a leer a Jorge Debravo, quien en 1966 publicara su libro Nosotros los hombres. Quizás el mejor libro de poesía comprometida:

carta circular de angustia y esperanza

Conozco muchos hombres que parecen
ramillas arrancadas del árbol de la vida,
hojas muertas, lodosas,
nadando en el estanque de la muerte.
Alzan brazos y gritos
como grandes tentáculos de angustia
y se duermen tapados con pedazos de noche.

¿Quién viene, hermanos míos, hombres de todo el mundo,
quién viene a levantarlos?
¿Quién desea merecer la medalla inmortal del "muchas gracias"
que será como un árbol en su pecho?

Los solos, los vencidos, los caídos en tierra,
quieren hermanos, madres, de cualquier latitud,
de cualquier raza!

Piden manos amantes, ojos esperanzados, bodegones
de pan y de ternura...
Hombres de todo el mundo, los solo, los caídos,
los doblados, os llaman!

No le traigáis engaños, ni oraciones, ni rezos,
ni bonos incobrables contra la vida eterna.

Traedles pan, amor, canciones, lechos, casas
tierras, hachas, semillas,
y pronto los veréis avanzar con vosotros
cantando el mismo canto,
sonando el mismo cuerno,
marcando el paso.

Y la tierna sonrisa de los hombres
se hará una cruz de oro en nuestro pecho.

Cualquier poema de Nosotros los hombres mantiene la estructura de lenguaje y unidad temática que recorre todo el texto. No obstante, en 1967, aparece el libro Árbol del tiempo como antípoda a la poesía comprometida. Quizás otro de los poemarios más concisos y fecundos para los poetas jóvenes. Alfonso Chase expone de una manera clara su credo interior y despojado de su soledad inicial se adentra en las circunstancias de la vida de los objetos y las personas que le rodean, con un lirismo hondo y depurado. Muestra de ello es el poema:

Mandragora

Nazco girando en centro de sueño
que es instante
y nada queda de mí:
solo mi grito.
Doblo y desplomo
el cristalino espejo de los días.
Miro mi rostro en rostros transitorios
y me contemplo con la avidez del suave tacto
sobre la piel inextinguible de otras manos.
Yo soy mi soledad:
el engendro del exilio de la sangre
en la región del lúcido abismo de los ojos.
Llego a mi cuerpo
y testifico razón de ser por la palabra
y aunque me busco no me alcanzo
y en el vacío de mi mismo
reino ciego.
Quizá la misma sensación del cuerpo me aprisione
porque estando aquí yo soy el otro.
Salamandria de sol
que sostenía de niño sobre la quieta palama de mi mano,
afirma soledad del párpado
y me lanza
en el tumulto sin fin de la memoria.
Y en una máscara o en otra me transforma:
su dualidad me hiere.
Un pueblo líquido de imágenes sonámbulas
se asienta en mi garganta;
despedaza mi alma
y a la corrienta densa de mis sueños
se incorpora.
Mi dualidad delira entre los ojos
como un cuchillo con su doble filo
rasgando balbuceos en dos mitades enemigas.
Alma extranjera
frente a la viva llama de mi fuego
que hace y deshace su deleite
en la desnuda trasparencia de los cuerpos.

---A qué reinar sobre mi mundo si estoy ciego?

La década de los sesenta debemos pensarla como la de las grandes personalidades poéticas, antes de los talleres, los círculos y las peñas. Los poetas de los sesenta son voces indiscutiblemente individuales, no son los coros de las décadas del setenta, ochenta y noventa. Tal vez, por eso, mientras más me acerco a las últimas generaciones, más difícil se me hace decidir si hay poetas que logran destacarse en el florilegio de la poesía costarricense.

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