domingo, 20 de septiembre de 2015

Estación Baudelaire de Diego Quintero: ¡Ha muerto el poeta!¡Larga vida al poeta!



Diego Quintero Martins (1990, Taskent, Uzbekistán) es estudiante de Filosofía y de la Enseñanza del Español en la Universidad Nacional. Ha colaborado en diversas publicaciones filosóficas, literarias y musicales independientes.  Editor de la revista estudiantil intitulada Estepario, miembro del Antitaller-anti, fundado por el poeta y sociólogo Melvyn Aguilar.

En  el año 2009, un grupo de amigos y poetas lloraba la singular muerte del poeta Felipe Granados. Nadie en el ambiente literario esperaba la aparición de una voz profunda y sincera que hablara al lector común. Habría que esperar seis años para que ocurriera el milagro, seis largos años para que alguien superara las poéticas nacidas a finales de los años noventa y principios del nuevo milenio; seis largos y tortuosos años de un epigonismo rastrero y rampante; seis años de que nada fuera nuevo bajo el sol, seis años para que la poesía surgiera de los abismos del trascendentalismo y del nominalismo; seis años como una cifra inconmensurable que se repite hasta el cansancio en poemas trascendentes sin trascendencia y poemas intrascendentes que no trascienden. Seis años para sentarse al banquete de los raros, los despreciados, los locos y degustar de la verdadera poesía como de un vino espeso, porque es la única forma de saborear la poesía.
No es de extrañar que las próximas generaciones de poetas se deleiten con el primer poemario de Diego Quintero, Estación Baudelaire, y que éste se convierta en un libro de culto como los animales que imaginamos o Soundtrack, pues el lector se encuentra frente a un poemario que supera con creces ambos libros antes citados. No hay pelos en la lengua para el lector que lee Estación Baudelaire, en sus tres secciones tituladas “Caníbal”, “Los aforismos de Kevin Rachefield” y “Metaliteratura del odio”, asistimos a un renacimiento de la poesía costarricense, que había caído en sopor y una abulia sin género, un aburrimiento mítico sin mito. El libro de Quintero viene a decirnos que todavía es posible la poesía, todavía es posible descubrir el mundo y asombrarse ante el horror y la belleza. Todavía es posible decirnos que la poesía está en otro lado.
En la sección “Caníbal”, aparecen doce poemas como doce apóstoles, doce campanadas, doce truenos nos despiertan del sopor en que habíamos caído desde los años noventa. Pasan frente a nuestra puerta Pessoa, Yago, Baudelaire, Poe, Ribeyro, personajes o citas, alter egos o sombras. El mundo descripto por Quintero ya no es universo seguro del bar y los amigos, o el ocultamiento tras una torpe y cruda poesía amorosa. El poeta se atreve a decir:
La mano en el joystick
vuela a 20.000 pies de altura,
sutil
como la muerte,
afasia de jugador.
            De  “Preludio y epílogo al combate”

También es capaz de sorprendernos con una dureza de metal, nunca antes vista:
            Este músculo que me late
            enfrente de los pulmones
            lo lleno,
lo saco,
lo doy a quien lo desee
para que rabie
rabiemos
            de “Yago”

En la segunda sección “Los aforismos de Kevin Rachefield”, Quintero nos propone una visión más ácida de la realidad, una realidad que transita del instante a la eternidad, del cuerpo a la psique y viceversa. Los Aforismos (del griego ἀφορίζειν, 'definir')  a pesar de que son una declaración u oración que pretende expresar un principio de manera concisa, coherente y en apariencia cerrada. Se abren a la ambigüedad y la paradoja en las manos de Diego Quintero, su alter ego, Kevin Rachefield hace una apología del suicidio, el asesinato, la locura, la homosexualidad, el tiempo y la familia. Por lo que podemos leer:

I
Madrugadas insomnes, novela negra, ser otro.
La noche yéndose con mi vida y la vida yéndose
en un papel, amanecer el deseo de transmutar en voluta.

VIII
Vine a poner el cuerpo como flecha en el arco de mi tiempo.

XVII
Soy el hijo. El que hiede en la cruz. Un mesías olvidable.
Como todos.

En la tercera sección, “Metaliteratura del odio”, Diego Quintero hace un tour de forcé con la realidad de la escritura, una realidad compleja, siempre en constante huida. “Metaliteratura del odio” está  constituida por siete textos en prosa, en su seno como en un teatro del absurdo asistimos Wiitgenstein, Shakespeare, Borges, Menard, y otros personajes literarios que nos informan o asombran con sus preguntas, sus dudas, sus psicosis. En esta parte, Quintero nos muestra su maestría sobre el lenguaje y los tópicos que desarrolla:

            Como ser un genio:

            Hay que vestir como un dandy venido a menos,
            un dandy exiliado en un mar de gran spleen
            junto a marineros que confunden poetas con gaviotas
            y los maltratan por frágiles, torpes y loquitas.


            Saludamos alegres y esperanzados este primer poemario de Diego Quintero. Estación Baudelaire NOS DEMUESTRA QUE TODO NO ESTABA PERDIDO. La poesía necesita de poetas verdaderos, no de mitos forjados al calor de la ignorancia y la estupidez. Necesita de poetas inteligentes que nos revelen los misterios y hagan las preguntas correctas a la realidad. Por estas razones, no podemos más que exclamar como un actor en un teatro de pesadillas: ¡Ha muerto el poeta! ¡Larga vida al poeta!

            

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