Lentamente, el día se mueve por la casa. Entra la luz
en conserva y mira la desnudez en el espejo. La cortina respira polvo y en el
taller mecánico los empleados miran Penthouse. El día se apresura a
pasar por enfrente del taller, agarra sus libros y los estruja contra el pecho.
Está hermoso, a pesar de la espuma del relleno y las cejas depiladas con
destreza de cirujano. Se ve que hoy será su día, pues, lleva una miniseta ajustada
y un jeans que modela el viento. Su figura nos recuerda otras marisquerías,
otros restaurantes de fast food, otras sodas y otros cafetines. Nuestro
día se topa con los top models del taller mecánico, quienes tienen las
lenguas más pulcras de la ciudad, las mejor lavadas a presión y al vapor. Hoy,
sin duda, será su día. Se lo dice el horóscopo, la radio a full, los
pericos regresando del verano. El día está lindo de pies a cabeza, aromático y
de axilas rasuradas. Limpio, como el primer día del mundo.
domingo, 29 de marzo de 2015
Ocho milímetros de fama
Estamos condenados al éxodo fortuito,
a vernos partir y regresar
como en el cine,
a blanquear nuestros dientes
con alquitrán y monóxido de
carbono.
Condenados los unos a los
otros,
por un desierto interminable,
por una hora que ahueca el
ala,
el
zapato,
las
pantorrillas.
Así como así,
condenados
por usar cloro en el vodka,
por pequeños hurtos en el
bosque del lobo.
Estamos como estamos,
con padres y hermanos.
botellas,
almohadas,
paquidermos.
Condenados por la Censura ,
a la forja de nuevos
eclipses,
a la muy honorable junta de
exiliados,
con palomas falsas y fósforos de seda.
viernes, 27 de marzo de 2015
Obscenamente en tierra
Crecí en un puerto,
mirando los barcos anclarse cerca de las estrellas
y a los marineros estallar
obscenamente en tierra.
Adela Quirós
No conocí el mar hasta el
verano,
crecí en un pueblo lluvioso,
en un infierno tropical,
con gallinas degolladas,
conejos desollados
y tepezcuintes fritos.
Me trajeron a una ciudad de
risas y mendrugos,
y no vi un zopilote
hasta que la muerte bailó
sobre la ausencia de mi
perro.
Para hallar las pistas de una
encrucijada,
busquen un hervidero de
ángeles,
un horizonte con una lámpara
de pilas.
Ahora vierto el mar
sobre
las máscaras,
el
azul, sobre los trastos,
y
la delicadeza, sobre una mesa sordomuda.
Las esperanzas pasaron por mi
sueño,
pasaron
años,
trompos,
lunas
llenas.
Sostengo lo que soy con solo
un dedo,
lo que no soy con tinta
negra,
lo que pude ser con un
papiro,
lo que podría ser con furia,
asco y alegría.
Todo está, menos el mar.
A usted le dejo su gusto por
la espuma,
la sal y la arena del reloj.
domingo, 1 de marzo de 2015
Epitafios inútiles en la obra de Cristian Alfredo Solera
La poesía de
Cristian Alfredo Solera (1975) surge a finales de los años noventa con el libro
Traficante de auroras (1999) después
vendrán poemarios como Itinerario
nocturno de tu voz (2000) Tú no sabes
nada de la ausencia (2004) Ceniza
(2005) La piel imaginada (2008) Criaturas imaginadas y otros poemas que
mienten (2011) Poemas para no leer en
tu funeral(2013) Pertenece a lo que he venido a calificar
como generación de transvanguardia, ese grupo de poetas nacidos entre 1970 y 1984,
que inician sus carreras literarias en los años noventa y se consolidan en la
primera y segunda década de este nuevo milenio. El concepto de transvanguardia
supondría un complejo de movimientos estético-ideológicos que atraviesan la
vanguardia y la postvanguardia, reutilizando las estrategias retóricas y
discursivas de los sistemas estéticos anteriores. Pero no solo los penetra y
desangra, sino que se mueve hacia la tradición angloamericana de preferencia,
con la inclusión de otras tradiciones literarias como la china y japonesa, mediante
su copia e imitación.
La práctica
transvanguardista se asocia al momento anterior, que no ha abandonado el objeto
artístico en pro de las nuevas tecnologías o del advenimiento a una apertura
ilimitada del arte con la consiguiente muerte de las formas
tradicionales. La herencia artística de los setenta (principalmente
conceptual), propone la reutilización del objeto desde distintas apuestas, que
facilitan la inclusión de prácticas conceptuales. El término “transvanguardia”
deviene de las artes a la poesía, marcando un sentimiento común por parte de un
grupo de poetas, de clasificar un espacio de producción en el cual la
Literatura encuentra un nuevo punto de fuga o quiebre con la tradición
inmediatamente anterior.
Allí donde otros
proponían unidad y coherencia, la transvanguardia propone multiplicidad,
dispersión, colección e imprecisión, coexistencia pacífica, insisto, entre lo
tradicional, el presente y las conquistas del futuro. La llamada moda retro
es uno de sus productos más preciados. Descentramiento de algo que para el
modernismo crítico era crucial: poner en cuestión el pasado para superarlo. Hoy
parece ser que esta petición se ha archivado o cambiado por una posición acrítica
casi atemporal y transhistórica.
Sin embargo, la poesía de Cristian
Alfredo Solera se encuentra dentro de la ideología estética del
trascendentalismo. El trascendentalismo corresponde a una experiencia estética
que busca la revelación de lo metafísico del ser humano, por medio del lenguaje
poético, en medio de un mundo cada vez más desacralizado. Es conveniente
aclarar que el uso del concepto "trascendental" no representa
precisamente una preocupación metafísica u ontológica; ello sería adaptar la poesía
a los valores y medios particulares de la filosofía. El concepto trascendental
no parte en la poesía de la especulación, propia de la filosofía, sino de la
vivencia trascendental conseguida a partir de la forma del poema para llegar al
lector.
El trascendentalismo
nace como movimiento literario en Costa Rica a partir de la publicación del
Manifiesto Trascendentalista, en 1977. Sus autores Laureano Albán, Julieta
Dobles, Carlos Francisco Monge y Ronald Bonilla concibieron una poética cuyo
fin es ultraliterario: Incorporarse al ser, trascender la estructura literaria
y convertir el poema en vivencia trascendental para llegar al lector.
Señala Ronald
Campos en Breve noción estética e
ideológica(2008):
Desde mi poética y relectura del Manifiesto
Trascendentalista, considero que la liberación de todo espacio interior se
logra por medio de la poesía, por medio de la inevitable revelación alcanzada
entre la intuición trascendental con que el poema acoge, desapercibida, la
experiencia del otro y la liberación expresiva del lenguaje. En el lenguaje coloquial,
la metáfora manifiesta una presencia constante. Esto se debe a que, en
ocasiones, resulta imposible no usarla, porque la metáfora siempre obedece a la
ineludible necesidad de expresar cuanto no posee equivalente en el lenguaje
directo y conceptual.
Después de toda esta explicación
¿Qué significa Epitafios inútiles en
la obra de Cristián Alfredo Solera? La poesía de Solera hasta el momento
debería dividirse en dos etapas muy claras: la primera formada por los libros Traficantes de auroras, Itinerario
nocturno de tu voz. En estos primeros libros gravita la influencia del
trascendentalismo duro, es decir, el
del uso la metáfora a ultranza, la riqueza de lenguaje y de imágenes puras, la
adjetivación excesiva, y la presencia constante del yo lírico. Este hablante en
primera persona singular permea la obra de Solera de manera constante, por no decir, obsesiva.
Contemplo en tus brazos
lo acústico del sueño,
y hallo una herida
en la penumbra iluminada
de tus ojos.
Itinerario
Nocturno de tu voz
Una segunda etapa, lo constituyen
libros como Tú no sabes nada de la
ausencia, Ceniza, La piel que imaginada, Criaturas imaginadas y otros poemas que
mienten, Poemas para no leer en tu
funeral. En esta etapa, nos encontramos frente a un trascendentalismo light,
es decir, se reduce el uso de las metáforas, y se le da énfasis a
construcciones verbales. El poeta busca la sencillez en el lenguaje, para
aproximarse a un público más amplio.
Qué es lo que me queda,
solamente hacerme una pregunta,
fumar un cigarrillo,
madrugar en tus manos
o empezar quizás desde el principio.
Tú no sabes nada
de la ausencia
En esta etapa
Cristian Alfredo Solera se acerca más a los presupuestos de la postvanguardia,
es decir, una retórica de la cotidianidad, del uso de lenguaje coloquial, que
busca generar un amplio espectro comunicacional. Además, apela a un énfasis
individualista ligado con la experiencia cotidiana y el tópico amatorio. En un
proceso de hibridación poética busca conciliar la estética trascendentalista de
sus primeros libros con la estética conversacional.
Ayer quise escribirte un poema,
un verso descalzo que lo sorprenda todo,
una hoja en blanco en la que yo apenas subsisto.
La piel
imaginada
Pienso en ti cuando jugamos a la nostalgia,
esperando ya ves
una señal en la mirada de los otros
que comienza a jugar como tontos
a la lucha libre y al sudor.
Poemas para no
leer en tu funeral
En Epitafios Inútiles, Cristian Alfredo
Solera, mantiene de forma obsesiva los tópicos y recursos de su poesía. El libro está divido en dos partes:
Epitafios y Caer. Un epitafio es un texto
que honra a un difunto, la mayoría normalmente inscrito en una lápida o placa.
Tradicionalmente un epitafio está escrito en verso, aunque hay excepciones. El
nombre epitafio, epitaphium en latín, es compuesto de dos voces
griegas epi, sobre, y taphos, tumba, es decir
inscripción puesta sobre una tumba. Muchos son las citas de los textos santos,
o aforismos. Muchos epitafios fueron escritos con algún refinamiento literario,
por lo que constituyen un subgénero literario poético dentro del más general de
la elegía o poema de lamento. El poema para Solera es un epitafio
inútil, que no logra rescatar en toda su esencialidad esas figuras y esos
fantasmas que rodean al poeta.
En la I Parte Epitafios, Solera lamenta la ausencia
de la figura paterna, la pérdida de la amada, el extravío de los actos
cotidianos, de las costumbres y de las tradiciones familiares. El poeta nos
muestra esa herida que lleva a cuestas, esos demonios que lo persiguen desde la
infancia –paraíso perdido o infierno detestable—. El padre es un vacío que no logran llenar las palabras del poema.
La madre es una figura difusa o colérica. Ella es el alter ego del poeta, quien
lo comprende y no lo comprende. Por eso,
el abandono, la separación, la huida, la desaparición, la privación, la
carencia, la soledad, son temas constantes de una realidad fracturada. O como dice el poeta:
Mejor no acabar este poema
por el que deberías mensualmente
pagarme tributo,
después de todo papá
aún llevas tu ataúd a cuestas,
tu suerte de hombre dormido,
taciturno y condenado.
De “Oración de la mañana”
Por otra
parte, el poeta “es un pequeño dios de lo inefable y lo posible”. Esta idea de
un pequeño dios no tiene relación con la idea de un pequeño dios huidobreano.
Pues hay en Cristian Alfredo Solera una necesidad de comunicación, de
comunicación amorosa, como diría Vicente Aleixandre. La poesía es una profunda verdad comunicada. El poeta se comunica y
esta comunicación es una verdad que nace de un corazón hacia otros corazones
fraternos. El libro es ese vehículo-símbolo que contiene la realidad como un
frasco de esencias, ideas y materias transformadas. En él construye la vida, la
infancia, el amor, la muerte. Quizás por eso el poeta concluye este apartado
con el poema “Libros”:
En esta soledad conservo
todos los libros que olvidé,
los que repartí armoniosamente
entre mis peores enemigos,
los que huyen como locos
hacia todas direcciones,
los que buscan un instante,
un instinto perenne
para ocultarse de las sombras.
Esos libros no son dedicados a los
amigos, sino a sus contrarios, aquellos que no encuentran un centro, un ethos,
el equilibrio de un lenguaje claro y sencillo. El poeta habla de esos libros no
escritos, que aún aguardan en su soledad, que sean escritos. Libros olvidados,
construcciones de realidades, angustias y reclamos.
En la II Parte Caer, es interesante el
significado del infinitivo, pues significa moverse de
arriba abajo por la acción de su propio peso;
perder el equilibrio hasta dar en tierra o cosa firme que lo detenga; desprenderse o separarse del lugar u objeto
a que estaba adherida; venir
impensadamente a encontrarse en alguna desgracia o peligro; dejar
de ser, desaparecer; incurrir en algún
error o ignorancia o en algún daño o peligro; desconsolarse,
afligirse. En su forma de participio, el símbolo
de la caída figura como metáfora de la culpa, del fracaso, o de la ruina, o
incluso puede configurarse como presagio de males que van a acontecer.
La caída tiene un sentido mítico en Epitafios Inútiles, el poema “Lilith”
apela a esa figura femenina, que según el Talmud y las leyendas rabínicas es la
madre de los gigantes o demonios, la primera mujer de Adán, la cual no quiso
someterse a éste, para vivir en la región del aire; espectro nocturno o madre
terrible. Según la Cábala, es el demonio del viernes, opuesto a Venus, y
representado por la figura de una mujer desnuda cuyo cuerpo termina en cola de
serpiente. Por eso, no es paradójico que en este apartado aparezca el poema
“Respuesta de Adán ante los jueces”, este Adán es el hombre por antonomasia, y
el padre común del género humano. Dios, al crearlo, lo sitúa en la cima de la
más perfecta especie animada, tanto como prototipo terrestre como celeste. Adán
es hecho a imagen y semejanza de Dios, que le adornó de la gracia santificante
y de la integridad, como cabeza de la humanidad, pero perdió esta cualidad por
culpa de su pecado. O como dice el poema:
Que ya no escucho lamentos
ni extrañas recomendaciones,
y que tampoco la miro entre mis
sueños
ni en mitad de los escombros
que aún florecen en mi espalda,
por estar de nuevo condenado
al mismo paraíso que otra vez
sin darme cuenta,
por culpa de ella,
ya había perdido en la manzana.
En la poesía de Cristian Alfredo Solera, hay una
necesidad de comunicación, de comunicación amorosa, como diría Vicente
Aleixandre. La poesía es una profunda
verdad comunicada. El poeta se comunica y esta comunicación es una verdad
que nace de un corazón hacia otros corazones fraternos. El libro es ese
vehículo-símbolo que contiene la realidad como un frasco de esencias, ideas y
materias transformadas. La poesía es un
acto comunicativo entre dos o más seres humanos; es un acto terriblemente
humano. En Epitafios inútiles, Solera
es un poeta que no cambia, no se transforma, sino que nos revela su humanidad, una humanidad que se
desplaza de lo celeste a lo terrestre, de lo terrestre a lo infernal. El poeta
es un hombre que desnuda sus sueños, sus ambiciones, sus fracasos, sus heridas,
sus recuerdos. Nos deja penetrar en su mundo que constantemente destruye y renace en el seno del poema.
miércoles, 19 de noviembre de 2014
Edmundo Retana: Un poeta calladito 2.0.
Edmundo ha dicho: “La poesía es para mí ese instante preciso e
irrepetible en que intento captar la esencia de una situación, o de algo o
alguien; como en una fotografía, un giro musical, una hoja llevada por el
viento.
Obtengo así un fragmento velado de asombro,
constelación o suma de sensaciones que puedo dar a otros. Si el poema así
logrado alcanza conmover o hacer sentir mi experiencia el objetivo se ha
cumplido. He logrado trascender el instante. El acto poético ha sido consumado”.
En mis lecturas de poetas costarricenses, siempre he buscado esas
constantes que forman la historia literaria. Edmundo pertenece a la historia de
la poesía de Costa Rica, para mayor precisión, a la segunda postvanguardia, es
decir, a los poetas que nacen entre 1955 y 1969. Poetas como Mario Camacho,
Gerardo Morales, Marco Tulio Mena, Norberto Salinas, Adriano Corrales, José
María Zonta y Frank Ruffino, para no citar más, comparten un interés por la comunicación, y
algunos, no todos, siguiendo el ejemplo del poeta Isaac Felipe Azofeifa
empiezan a publicar en plena madurez. En la segunda postvanguardia, también llamada Generación Dispersa,
otros estudiosos perciben ciertas afinidades con la generación anterior, sobre
todo la persistencia de ciertas utopías políticas, amorosas, existenciales y
filosóficas. La poesía se concibe como un instrumento de lucha, por lo que
permanece la confianza en el poder de la palabra como medio de transformación
del mundo; aunque existe otro grupo de poetas que desarrolla temas como el
desencanto ante el mundo, la decadencia, la evasión y la falta de fe en la
posibilidad de cambio a través de palabra.
En 1991 se atreve a publicar sus
poemas reunidos bajo el título Los bailes
íntimos. Como bien señala Manuel Bermúdez, es un poemario que “recoge la
nostalgia y la sorpresa de lo cotidiano. Parece tener siempre el punto de vista
de un niño. La añoranza en su poesía es constante entre la nostalgia y
juego.” Los bailes íntimos es un libro de ternura inusitada, de una ternura
construida sobre los recuerdos de la niñez, el amor y la vida. La infancia le
obsequia ese dejo de inocencia virginal, ese paraíso primero es el paraíso, no
hay vuelta de hoja, o la hoja baila sobre la luminosidad del día. En Edmundo,
la vida se forma de esos elementos instantáneos que el poema petrifica en las
letras. Otro de los temas perennes de toda la poesía es el amor erótico,
fraterno y familiar. El amor amor es encuentro y despedida, es traer y llevar por
la existencia la esperanza. Pero también la soledad se halla presente en los
poemas, una soledad que proviene de tomar conciencia de nuestra intimidad y de
nuestro devenir. En Edmundo Retana la vida lo es todo; es el canto, el pájaro,
la hormiga, la hoja que vuela por el aire, mamá, papá, la hermana, la amada.
Quizás por eso esa ternura pensada, meditada, sorprende al lector, lo inquiere,
indaga su ser hasta revelarnos su fondo.
Edmundo
descubre lo maravilloso que tiene la realidad, no nos presenta simples
anécdotas de colegial. Ni hace pasar chistes por poemas. Nos muestra la realidad
desde diversas perspectivas. El niño, el hombre, el amante son formas de ver el
mundo; por eso, puede describirnos:
el combate que urden
las cosas en silencio.
O la llegada o ausencia del padre
Olés a muerte, papá.
O el descubrimiento del amor
Todo es secreto
hasta que un buen día de amor
te encontrás lleno.
O la revelación de los recuerdos
Este momento lo soñé antes,
estaba en los pasos de mis hijos,
en algún libro amarillo.
Cada
poema de Edmundo Retana busca la eficacia y la eficiencia del lenguaje. Nada
sobra. Todo está ajustado a la emoción que el poeta quiere transmitirnos. Minimalismo.
Síntesis. El poeta ha desechado todo ropaje de abalorios, que distraigan
del objetivo primordial: hacer sentir al lector. Para lograr esto, el poeta nos
invita a leer su receta:
Mis 10 reglas de escritor
1.
Si
me mantengo leyendo estoy acumulando energía que en algún momento me servirá para escribir.
Debo leer solo lo que me gusta.
2.
Leer
poesía me crea un cierto estado de alerta que puede llevarme a escribir. Leer
poesía es hacer poesía sin que necesariamente esta se escriba.
3.
No
debo preocuparme por escribir poesía en sentido estricto. Un correo, una carta,
una tentativa de cuento, pueden contener el poema. Escribir un poema no es un
acto deliberado.
4.
No
es bueno hablar sobre lo que se quiere escribir. Al hacerlo uno malogra el
tema.
5.
No
hay que preocuparse por la unidad de lo que se escribe. Esta se va dando sola.
La unidad es uno mismo.
6.
Hay
que estar atento al poema. Aprender a identificar la sensación interior que lo
acompaña.
7.
Los
poemas tienden a resolverse con el tiempo. El paso de la vida va dando la
palabra justa, el giro exacto o la habilidad de encestar, con gran precisión,
el papel arrugado en el basurero.
8.
La
primera frase es el germen del poema. No hay que corregirla cuando nace. Ni las
que siguen. Esa es una tarea posterior que tiene su propia lógica.
9.
Lo más importante de
escribir es el placer que uno siente cuando lo hace. Leer a otros es un poco
prolongar esa sensación.
10.
Los
libros de poesía responden a ciclos de vida. No se pueden apresurar ni demorar.
Un buen poemario es casi siempre una metáfora de un tiempo.
Este
decálogo es el fundamento de una obra que se ha ido escribiendo en silencio,
sin el bombo y autobombo de los falsos poetas o profetas. Edmundo Retana es un
poeta que conoce el oficio de escribir, sabe que la fama y la gloria son
vanidad de vanidades, él quiere sentir y hacer sentir al lector, crear esa
empatía en el escritor y el lector, entre seres humanos.
domingo, 28 de septiembre de 2014
Una lectura subjetiva de Todo tiempo futuro de Adriano de San Martín
Todo comentario, cualquier comentario de
un texto poético debería alumbrarnos sobre su significado; y guiar al lector por los entresijos de las
palabras y de las imágenes. “Todo tiempo futuro” es un libro cósmico, o mejor
dicho, un libro que desarrolla una cosmogonía universal. Su título invoca lo
que está por venir, lo que está viniendo. Su contenido nos devuelve al pasado,
a ese pretérito mítico y primitivo, en que la humanidad aún sueña con las
fuerzas divinas de la naturaleza. Título y contenido se hayan en una unión
indisoluble y paradójica. En principio, porque la sabiduría popular recuerda: “Todo
tiempo pasado fue mejor”, aunque Sábato dice en una de sus novelas: No indica que
antes sucedían menos cosas malas, sino que, felizmente, la gente las echa en el
olvido. Desde luego, semejante frase no tiene validez universal; yo, por
ejemplo, me caracterizo por recordar preferentemente los hechos malos, y, así,
casi podría decir que “todo tiempo pasado fue peor”, recuerdo tantas
calamidades (…) que la memoria es para mí como la temerosa luz que alumbra un
sórdido museo de la vergüenza[1].
De esta manera deberíamos leer
el libro, “Todo tiempo futuro” como una contradicción en ciernes, o como
síntesis de las contradicciones que preocupan al poeta. Extraña que el editor
haya obviado el índice del libro, pues aunque se presenta como una sucesión de
textos poéticos en prosa y en verso. Los poemas se estructuran en tres
estratos intercomunicados: cósmico, individual y literario-cultural. El poemario se pudo haber divido en tres
secciones o partes. La primera parte la formarían los poemas “Nacencia” y “La
Nacencia”, este segundo dividido en doce partes. El primero está construido en
una enumeración caótica de frases de diversa índole, donde contiende un yo y un
vos, cada frase es un golpe y el universo es un cuadrilátero, un tópico
recurrente de la poesía de Luis Chaves, Alfredo Trejos, Paola Allier, entre
otros. El origen del tópico se puede rastrear en Los giróvagos del numen de Carlomagno Araya y la obra de Carlos
Martínez Rivas. El enfrentamiento de un yo inocuo frente a un universo maligno
o que se acerca al mal parece ser la premisa de los poemas que forman este
apartado. Sorprende quizás en este primer poema los recursos vanguardistas que
utiliza el poeta, como la ubicuidad del sujeto y la aglomeración de elementos
de procedencias tan diversas como refranes, eslóganes y habla popular o “pachuco”.
El
poema “La nacencia” es un poema más amplio y de mayor alcance y mayor
complejidad. Se inicia con el símbolo de la luz como despertar del cosmos. Y a
partir de allí se desarrolla en cada fragmento una enumeración caótica de
símbolos, objetos, mitos, referencias literarias, populares. Los poemas buscan
sintetizar las contradicciones, anular los opuestos. Constantemente hay
referencias a este proceso de síntesis:
- Es
el principio del fin, el fin del principio. El equilibrio del centro.
- Todo
está porque transcurre y permanece. Fluye. Pasado en presente. Presente en
futuro. Futuro en pasado.
- Todos
los tiempos en un tiempo de todos para todos en el cero primigenio, el uno
primordial.
En este largo poema, lo fundamental
es la creación poética, la poiesis, de allí que Nada es literatura. ¡Sencillamente versar! El poema instituye el
mundo como el mundo instituye el poema. Este paralelismo especular viene a
comunicar que la poesía es alquimia, y la alquimia es poesía. Y el poeta es un
vidente… Por eso hay que dejar el trance
a los Poetas. Son ellos quienes descifran sus goznes, sus giros, sus batientes.
Las tumbas son el símbolo perfecto de la alquimia, y en el cuarto fragmento
del poema aparecen juntas y revueltas. En la quinta parte, el hablante lírico o
yo lírico se propone en el inicio del año. El principio también es el final. El
mundo que se habita es el del capitalismo, y el consumidor como espectador y
espectáculo, a la vez. El poeta deambula por la ciudad reconociendo aquello que
dolorosamente es la realidad. En la sexta parte, los nombres míticos y literarios
se convierten en lenguaje, porque el poeta al final también es un traductor del
cosmos:
Traducimos y
traicionamos como en toda traducción. Porque lo invisible se torna visible y
vice y versa.
¡Y dialogamos!
La séptima parte también se
construye en una enumeración caótica, donde reelabora la imagen de las grandes
ciudades, las ciudades llenas de muertos vivientes, de zombis que consumen todo
lo que la ciudad ofrece. La ciudad como árboles donde tiempo y espacio se
reúnen, se conjugan, se mezcla en un nuevo y antiguo cronotopo. En la octava parte, aparece de nuevo la
imagen del poeta: El Poeta Cantor en la
Larga… se perpetúa. Cuenta y canta. Canta y cuenta. En la novena parte, el
poeta evoca el espacio por excelencia de los poetas: El bar. Locus por excelencia de las
elucubraciones poéticas, de allí, que el poeta diga: Tal vez por eso precisamos de otra Nacencia: morir, nacer, remorir,
renacer… ¡Y escribirla! La décima parte regresa al tema mítico, el sujeto
es América, un sujeto transhistórico sin rumbo, que rueda por la historia. La undécima
parte, es el no-espacio, el no-tiempo, la negación en sí misma. La pregunta
final: ¿En algún lugar florece la poesía?
No es una pregunta retórica, es el núcleo de las preguntas que hace el poeta al
lector. No deja de ser paradójico,
cuando todas las parte del poema han repetido que versar es el fin y el
principio. “La nacencia” termina con el poema 2013, este se propone que la historia igual que nuestras palabras es
reversible, circundante, repetitiva. El lenguaje construye la historia y
todos los saberes, nos conduce a un espacio-tiempo neutral donde se borran las
diferencias: la unidad del principio o el principio de la unidad. El amor es la
nueva religión de un planeta que se cae a pedazos. El poeta nos previene del
derrumbe. El valor numérico de las palabras es un mantra, un ejercicio
cabalístico para descubrir o develar el uno. Este poema cierra toda la
experiencia mítico-religiosa del poeta.
Como se ha afirmado, el libro puede
fraccionarse en tres partes, la segunda la constituye el poema “Romance contra
mi pueblo”. Este se divide en treinta y un fragmentos. Los romances nos cuentan
historias, no necesariamente amorosas, y no necesariamente noveladas. El
regreso del poeta al su pueblo natal es la narración del desencanto, es el
encuentro con los amigos de la infancia, de la adolescencia y sus familias: Es bueno volver a mi pueblo/ y encontrar/
antiguos amigos/ excompas del cole…/ Todo el carácter melancólico y
familiar del poema nos revela las transformaciones de un entorno hasta entonces
conocido: Las hijas de los antiguos
amigos/ chicas champú minifalda/ en Cachos Largos o en La Cantina / remedo
de verdaderas cantinas… Como es
común en la poesía contemporánea, el bar se convierte en espacio de moda. El
poeta se presenta como un ser abanderado de la libertad, de lo irracional y lo anticonvencional:
El cronista de este pueblo/ ha sido
denunciado ante los tribunales / por su forma extraña de beber/ fumar, hablar,
amar… en fin / de comportarse con las mujeres del prójimo…/ El hablante
desarrolla una crítica a la sociedad capitalista que ha ido transformando la
ciudad de la infancia, el paraíso perdido: Vi
a los vigilantes/ de los nuevos negocios/ también los marginales/ tendidos en
su saco de gangoche/ y a los nuevos gerentes/ raudos como cadáveres en sus
coches… El poema termina con un juego musical, muy propio de la literatura
infantil: Mi pueblo/ es un misterio/ en
clave/ de Fa/ de Re/ de Sol/ de Do/ pingüe/ (en clave) El juego y la poesía
siempre han estado relacionados más allá del simple aprendizaje de las normas
en la sociedad. Así como aceptamos las reglas del juego aceptamos las reglas de
la poesía.
La tercera parte la formarían los
poemas: “Aroma de Café”, “Escultura 2”, “Habana Revisited”, “El poeta pregunta
por Stella”, “Julia de Burgos”, “Mary”, “Te Ele”, “De Ce”, “La oración”, “La
niña en el ojo”, “Pe Pe”, “Conferencia de prensa”, “La fama”, “Una palabra
olvidada”, “The Star Spangled Banner”, “Vigilancia y castigo”, “Detector de
espinas”, “Cuerda floja”, “Rimbaud”. Interesa está sección porque solo “Aroma
de café” y “Habana Revisited” son poemas divididos en partes, el primero en 7 y
el segundo en cinco apartados. Los otros poemas expresan ciertos intereses del
poeta, de carácter artístico, literario o social.
El poema “Aroma de café” es un poema
que revela las relaciones entre el “grano de oro” y los viajes al extranjero
del poeta. El café más que un símbolo de la riqueza del país, viene a
simbolizar la amistad, la solidaridad y la unión entre los pueblos. El poema
“Escultura 2” es un poema dedicado a Lupita Araya y Francisco Mata, amigos del
poeta y del arte, en el que viene a reivindicar la comunicación en la poesía.
Por otro lado, “Habana revisited” es un extenso poema en prosa, muy diferente a
“Bocetos de La Habana” ese poema que aparece en el poemario Tranvía Negro, también de Adriano. En
este nuevo poema, el espíritu que lo anima es la desilusión, el desencanto, tan
común en los poetas que forman la generación de Corrales: La Habana está pensada para turistas con cámaras para retratar
edificios de cartón, estatuas… Es un poema sobre todo descriptivo en los
que el poeta, utiliza la mirada como cámara para ir recorriendo esos rincones
que forman la ciudad. Este espacio que retrata el poeta no es un lugar frío,
geométrico y alienante, sino que dentro de ella reverberan, como en un espejo,
los sentimientos personales de nostalgia, amistad, pero también de desilusión.
El poema “El poeta pregunta por Stella” nos entrelaza dos personajes míticos de
la poesía nicaragüense –Rubén Darío y Carlos Martínez Rivas− con figuras
importantes del quehacer artístico costarricense como Carmen Lyra, Ninfa
Santos, Yolanda Oreamuno, Eunice Odio, Chavela Vargas, y sobre todo, Rafaela,
ese personaje mítico en la mente de los poetas, ese ánima que gravita entre el
corazón y el recuerdo. Lo femenino es uno de los símbolos más comunes en la
tradición, símbolo que normalmente se asocia con la naturaleza. Esto ocurre con
el poema “Julia de Burgos”, esa poeta puertorriqueña que el poeta redescubre
para los lectores costarricense. Así entre mujeres escritoras y artistas, el
poeta se decanta por esos amores de la adolescencia. “Mary” es el ideal que un instante olvidamos y que ahora trato de
retener con el inútil abecedario. Los poemas “Te Ele” y “De Ce” continua la
sucesión de rostros femeninos, que de alguna forma se evaporan de la memoria
pero allí están contemplando y siendo contempladas. El siguiente poema “La
oración” parece retomar el tema de Novalis, o Cavafis, que dicta: “Poner un
dedo en un cuerpo humano es tocar el cielo”. La unión de los amantes es saber que allí estuvo Dios. Con el poema
“Niña en el ojo” se termina el recorrido por las figuras femeninas.
Los poemas siguientes poemas tratan
temas variados: el poeta frente a la autoridad, la canonización institucional,
la fama, la guerra de Vietnam, la bandera, la locura, etc. El poemario cierra
con un pequeño poema dedicado a Rimbaud, ese vidente de la poesía del siglo
XIX, que revolucionó las formas y los contenidos en la poesía francesa. Rimbaud
es el poeta-niño, quien mediante su experiencia de Dios, alcanzó, sin creencias
ortodoxas, el estadio que los místicos tratan de conseguir, y en el que ya no
existe la posibilidad de creer o no creer, de la duda o de la reflexión, sino
de la pura sensación, del éxtasis y de la unión con el Todopoderoso. Esta
alianza o ligazón constituye la anulación de las diferencias, como lo es la
unión sexual o la transmutación alquímica.
Todo
tiempo futuro es un libro complejo, pero a su vez, sencillo, que supera las
contradicciones en su interior, creando un modelo del mundo que obsesiona al
poeta en toda intensidad y diversidad. De allí, que al leerlo podemos leernos a
nosotros mismos, como si miráramos en un espejo fracturado.
jueves, 25 de septiembre de 2014
Manifiestos en pleno siglo XXI
DEFENSA
DE LA POESÍA
El momento de la Historia que nos ha
tocado vivir está marcado por la incertidumbre en todos los sentidos. Cuando
pensábamos que el siglo XX agonizaba y con él los grandes temores y catástrofes
capaces de minar la fe en la humanidad, no han surgido los puentes que
destruyan nuestros precipicios. Al contrario, resulta más difícil intuirlos,
imaginarlos. La incertidumbre parece abarcarlo todo: la política, la moral, la
economía, las nuevas formas de comunicación que paradójicamente han provocado
una mayor incomunicación… También las viejas utopías que parecieron realizables
y llenaron de ilusión a millones de ciudadanos se han desmoronado mostrando sus
miserias cuando han sido suplantadas por los hombres, añadiendo aún más incertidumbre
a todo lo que nos rodea.
Nuestra generación está marcada por esta
incertidumbre y creemos que es necesario hacer un alto en el camino,
reflexionar, mirarnos a los ojos, establecer una cercanía menos
artificial, más humana. La poesía puede arrojar algo de luz para alcanzar
algunas certidumbres necesarias.
“La poesía es un modo de ajustar cuentas
con la realidad”, ha repetido muchas veces el poeta español Luis García
Montero. Sin duda sucede así en los buenos poemas, aquellos que son capaces de
provocar emoción, de conmover, de hacer pensar, de llenar un vacío que nos
acompaña. “Deseo expulsar de mí cualquiera palabra, cualquiera sílaba que no
nazca de la combustión de mis huesos”, escribió el mexicano Ramón López Velarde
en 1916. Casi un siglo después, el poeta Joan Margarit trataba de explicar,
porque realmente se hacía de nuevo necesario, que el límite de la poesía es el
de la emoción.
La emoción no puede estar de moda. La
emoción es universal e intemporal. Y la poesía tiene que emocionar. Ante tanta
incertidumbre, para nuestra sorpresa, una gran parte de los nuevos poetas en
español se han adscrito a una tendencia tan experimental como oscura. Como
los hombres que rodeaban a Orfeo para escucharlo tocar su lira y de ese modo
hacer descansar su alma, asisten a las preguntas de nuestro tiempo tratando de
ignorarlas, entregándose al arte por el arte, renunciando a las preocupaciones
que conmueven a la gente normal, a las almas que buscan respuestas, que rozan
el milagro de la supervivencia y que se hacen preguntas, que sienten la
incertidumbre en sus manos y en sus aspiraciones. Esa reacción de los artistas,
de los poetas en particular, no es nueva. Los jóvenes siempre han tenido la
tentación de contradecir a sus mayores en un arrebato adolescente en busca de
construir sus identidades. En la poesía actual, ese camino supone oponerse a
quienes tanto han trabajado para que la poesía se entienda, se humanice, se
aproxime a la gente corriente. Si en la segunda mitad del siglo XX los mejores
poetas de nuestra lengua abandonaron las liras y las torres de marfil, la
poesía última, en busca de un nuevo camino, de una nueva actualidad literaria,
se ha subido a un pedestal. En esta tarea se han visto legitimados por algunos
poetas cuyos proyectos literarios fracasaron de manera estrepitosa precisamente
por abrazar el barroquismo gratuito y la frivolidad de la moda literaria. Ahora
buscan una segunda oportunidad elogiando lo que precisamente les condujo
al callejón sin salida de las palabras huecas.
Queremos mostrar nuestra desolación ante
esta dinámica que nos parece destructiva para la poesía porque conduce, de
manera inevitable, a su deshumanización. Admiramos a poetas a los que hemos
tenido o tenemos la suerte de conocer, como Ángel González, Jaime Gil de
Biedma, Gonzalo Rojas, Claribel Alegría, José Hierro, Luis García Montero,
Benjamín Prado (y los poetas de la conocida como Poesía de la Experiencia),
Juan Manuel Roca, Marco Antonio Campos, Jorge Boccanera, José Emilio Pacheco,
Mario Benedetti, Gioconda Belli, Oscar Hahn, Omar Lara, Waldo Leyva, Piedad
Bonnett… Ellos siguieron el camino, la tradición literaria de Rafael Alberti,
Antonio Machado, César Vallejo, el primer Octavio Paz, Pablo Neruda, Miguel
Hernández, Federico García Lorca, Luis Cernuda… Son muchas las lecciones que
pueden desprenderse de ese largo camino. Han escrito una poesía perfectamente
entendible, han procurado reflexionar sobre el mundo que los rodeaba tratando
de ordenarlo en un poema, han dialogado con sus fantasmas y con sus
lectores, estableciendo una comunicación imprescindible en cualquier género
literario, y han huido de las modas y de la actualidad poética, es decir, nunca
han escrito contra nadie, no han tratado de ser novísimos. Estamos convencidos
de que no se puede escribir poesía contra alguien, del mismo modo de que la
peor idea de todas es escribir un poema sin ideas.
Los
discursos fragmentarios, el irracionalismo como dogma y el abuso del artificio
han supuesto la ruina de la poesía en muy diferentes etapas de la historia de
la literatura. Han hecho tanto daño, que hoy la poesía está considerada como un
género difícil que sólo leen los poetas, porque sólo parecen entenderse entre
ellos como los habitantes de unas ínsulas extrañas.
Prueba de ello es el estado comatoso que
tiene el panorama poético en la mayor parte de los países europeos, algunos de
ellos con tradiciones literarias tan importantes como Italia o Francia. También
es evidente la marginación que sufren los libros de poesía en cualquier
espacio, ya sea una librería, un suplemento cultural, un periódico, una
biblioteca… Los lectores empiezan a alejarse peligrosamente de la poesía, entre
otras cosas porque cuando empezaban a intuir que se trataba de un género
accesible, que transmitía emociones, algunos poetas de las nuevas generaciones
están sembrando la oscuridad en la incertidumbre, eso por no mencionar las
poéticas del silencio.
Cuando un poema no se entiende, el
lector suele culparse a sí mismo, inducido por la idea generalizada de que el
poeta es un ser con una sensibilidad diferente, superior. Una idea tan falsa
como interesada. Si un poema no se entiende el único responsable es quien ha
tratado de establecer la comunicación. O bien no ha sido capaz por sus
limitaciones, o bien no lo ha conseguido porque no era su propósito, porque
sólo buscaba la erudición y el artificio, algo que está bien visto, que tiene
buena prensa y que provoca una palmadita en la espalda de la crítica, sumida en
gran parte en la misma torpeza. Si un poema no se entiende, por lo general lo
que sucede es que el poeta no ha hecho bien su trabajo. Los poetas somos
personas normales, con los mismos temores y preocupaciones que el resto de los
seres humanos, aunque tratemos de mirar con atención lo que nos rodea, buscando
lo que hay detrás de la apariencia, para después afrontar el acto de
incertidumbre que es escribir un poema que pueda arrojar algo de luz a la
realidad.
Por estos motivos, todos los inventarios
simbólicos artificiales que alejan a la poesía de su consustancial sentido
comunicativo no hacen sino ocultar una falta de latido vital o de auténticas
ideas. Los versos puros no necesitan disfraces ni simulada complejidad,
simplemente redefinen las peculiaridades de la realidad sin abandonar jamás la
atalaya de los sueños.
“Al lector se le llenaron de pronto los
ojos de lágrimas, / y una voz cariñosa le susurró al oído: / —¿Por qué lloras,
si todo en ese libro es de mentira? / Y él respondió: / —Lo sé; / pero lo que
yo siento es de verdad”. Este poema de Ángel González resume de
forma excepcional lo que entendemos como el milagro de la poesía, la
capacidad de transmitir un sentimiento gracias al idioma y a los diferentes
recursos que ofrece el género. Sin ese intento de transmitir emociones, de
llenar un vacío, de reflexionar sobre el mundo, de convertirse en mil hombres;
el poema está hueco, no tiene vida.
Hoy es necesario superar el artificio
estéril y soso, el poema que no dice nada, el poema que enuncia y enuncia y
jamás encuentra el sentido, la histeria por el experimento per se, la ingenua
búsqueda de una “novedad” que jamás se halló.
La poesía nace, como todo arte, de un
sentimiento humano universal como es el anhelo trascendente. Va mucho más allá
de los atrevidos juegos de estilo o las oscuras construcciones lingüísticas que
parecen facturados sólo para un selecto grupo de iniciados. La poesía ha
pertenecido y pertenecerá siempre a la humanidad entera, es un caleidoscopio
luminoso y claro que se adentra en los recovecos más recónditos de nuestra
conciencia. Nace desde un yo poético pero se remansa indefectiblemente en
el nosotros, creando ese espacio de comunicación universal que puede existir
tan sólo entre corazones humanos liberados de escudos y armaduras. La poesía no
encadena ni encorseta a su lector u oyente con fingimientos prefabricados o
yuxtaposiciones carentes de significado íntimo. Al contrario, la poesía nos
libera y nos reviste de nobleza, pues propicia la sensibilidad a los estímulos
del mundo exterior.
En definitiva, somos partidarios de una
poesía que formalmente incluso alcance el preciosismo. Pero creemos en una
poesía que además comunique, que diga algo, que porte sentido. Una poesía que
conmueva y, en el mejor de los casos, estremezca, cimbre, cumpla con el rigor
de lo poético que pedía Robert Graves, cuando se refería a la diosa blanca: “El
motivo de que los pelos se ericen, los ojos se humedezcan, la garganta se
con-traiga, la piel hormiguee y la espina dorsal se estremezca cuando se
escribe o se lee un verdadero poema, es que un verdadero poema es
necesariamente una invocación de la Diosa Blanca”. El poema entonces, también
es un dictado, un puente hacia lo otro, hacia lo más. Quizá Borges, mitad
con ironía, mitad en serio lo explique mejor cuando contaba lo siguiente: “Se
trata de una cita de Bernard Shaw. A éste le preguntaron: “¿Usted cree
realmente que el Espíritu Santo ha escrito la Biblia?”, y Bernard Shaw
contestó: “No sólo la Biblia, sino todos los libros que vale la pena releer.”
Es decir, para Bernard Shaw, el Espíritu Santo es lo que antiguamente llamaban
la Musa.”
Pero, a fin de cuentas, ¿la musa para
qué y por qué? Porque todo se hace para alguien, y la musa es la emoción y el
talento, una metáfora de la necesidad de comunicación que tienen todas las
personas, de sentirse comprendidas, de encontrar respuestas. Y también para dar
cuenta de nuestra existencia concreta, del aquí y el ahora, de la manera en que
participamos del mundo. Para mostrar la sensibilidad de nuestro tiempo, un
tiempo lleno de incertidumbre sobre el que la poesía puede seguir arrojando
algo de luz si los poetas quieren.
Seguimos creyendo que una de las
misiones de la poesía es enfrentarse al poder. Y el poder de hoy no hace
más que invitarnos al silencio, al fragmento, a las subjetividades ensimismadas
y a la pérdida de diálogo entre las conciencias. Queremos decirle adiós a todo
eso.
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