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martes, 9 de marzo de 2021

REFLEXIONES ACERCA DE LA ANACRONÍA POÉTICA EN LA POSTVANGUARDIA Y TRANSVANGUARDIA

 

El anacronismo es uno de los problemas que más interés ha suscitado en mi mente, quizás, porque la literatura acontece en el tiempo sin ton ni son, una suma de ocurrencias, imposible de asir con el arsenal metodológico de las ciencias literarias. La existencia de la anacronía en poesía solo sería posible, si la lírica evolucionara; si lo estético ideológico marcara instantes de luminosidad o de umbría; si fuera posible afirmar que existen períodos lunares y períodos solares, que las generaciones toman posiciones frente al fenómeno poético, a veces de continuidad, a veces de confrontación. Por eso, es nuestro deber dilucidar el desorden, ordenar el caos para reescribir la historia de manera que fuese comprensible tanto para el sabio como para el bruto. La teoría de las generaciones tan despreciada por inexacta, mecánica o ambigua, sirve de fundamento para plantear algunas respuestas.

La anacronía es un error consistente en confundir épocas o situar algo fuera de su época; es aquello que resulta incongruente respecto a la época en la cual se presenta (DRAE, 2010). En la narratología, Genette la define como la discordancia que se produce entre el orden temporal de la fábula y el del relato (Marchese, 1986) Pero ¿cuándo la obra de un poeta es anacrónica? Si las formaciones discursivas se transforman y los estilos regresan, si todos los poetas alrededor del mundo están escribiendo un único poema. La realidad de la poesía es otra, pues toda obra está en el centro de una sucesión de conjuntos estructurados y complicados como las poéticas y las culturas dominantes y periféricas. Las formaciones discursivas que dominan el panorama histórico siempre son intransigentes, tiránicos y dogmáticos; devoran el espacio artístico y desechan todo aquello que no se ajusta sus cánones.   

La anacronía estaría sujeta al concepto de generación, es decir, al conjunto de personas que, habiendo nacido en fechas próximas y recibido educación e influjos culturales y sociales semejantes, adoptan una actitud en cierto modo común en el ámbito del pensamiento o de la creación (DRAE, 2010) la generación es un complexo materia-espiritual anterior a los motivos de carácter ideal (como las ideologías). (Ferrater,  1999:1448). Guillermo de Torre propone una división temporal que considera ajustada a la realidad de los hechos intelectuales: una generación de 20 a 35 de afirmación intransigente; una generación de 35 a 50 de expansión y dominio; una generación de 50 a 65 años de anacronismo; y una generación de 65 años en delante de sobrevivientes. No obstante, se prefiere plantear una nueva división temporal ajustada a nuestro contexto: una generación de 15 a 30 años de afirmación intransigente, una generación de 30 a 45 de expansión y dominio, una generación de 45  a 60 años de anacronismo, y una generación de 60 a 75 años de sobrevivientes. Se entiende que el sistema de preferencias es anterior a la estructura producida (obra) y, más que a la estructura, importa cómo momento anterior a ella: al proceso de producción. En otras palabras, es en el sistema de preferencias donde se juega el proceso de decisiones que genera el mensaje. Como tal, el sistema de preferencias es "inobservable" y en él el investigador intenta establecer un orden, articular una organización de relaciones abstractas de acuerdo a las técnicas de una teoría particular, en relación a interpretaciones en vigencia, a la configuración del espacio social en el cual la práctica literaria se realiza y el investigador se sitúa. Las generaciones son un punto de partida para abstraer o articular el sistema de preferencias (Mignolo, 34). En el caso de Costa Rica, se busca abarcar cuatro generaciones que conviven en el mismo espacio cultural: primera postvanguardia, segunda postvanguardia, primera transvanguardia y segunda transvanguardia.

Entre los quince y los treinta años, se impone el periodo de afirmación intransigente cuando aparecen un conjunto de obras con una ideología estética dominante o una formación discursiva dominante. En Costa Rica, dado que la población de poetas es bastante reducida es posible describir los diversos momentos en que una formación discursiva dominante secuestra el espacio cultural e invisibiliza cualquier disidencia. En los años sesenta y setenta la retórica que dominaba era la social. Los poetas de la primera postvanguardia le prestaban atención a la historia y la vida cotidiana, a la concepción del quehacer poético como instrumento político, empleaban un tono exhortativo y vehemente para convencer a lector a tomar una acción política, un lenguaje sencillo para llegar a mayor número de personas (Rojas y Ovares, 2018). Dentro de esta generación se produce una ruptura que tendrá su auge en las décadas de los ochenta y los noventa. Los vates creen que la poesía tiene origen en los profetas y los cantos religiosos, se basa en la supra-consciencia y no en la sub-consciencia, además de que es una experiencia especial que trasciende la experiencia cotidiana del hombre. La poesía no es circunstancial, pero está comprometida con todas las circunstancias, por lo que debe llevar al hombre a un humanismo trascendental. Piensan que negar el lenguaje figurado es negar la poesía, aunque el lenguaje figurado y el directo se unen en todas las obras literarias (Alban et al, 1977) Esta rotura se puede considerar el nacimiento de la segunda postvanguardia y lo que la caracterizará es la lucha por imponer su modelo estético ideológico.

En la década de los noventa, se asiste al surgimiento de la primera transvanguardia, una generación a medio camino entre la estética comunicacional y la estética trascendentalista. Los poetas se decantan por la poesía social o en último término por el objetivismo La poesía social se remonta a la obra de Arturo Montero Vega y Jorge Debravo. El sistema retórico que corresponde a este movimiento estético lo constituyen rasgos fundamentales como la simplificación expresiva del lenguaje poemático, el empleo del discurso coloquial, incluidos los giros y el léxico popular; la vehemencia y la exhortación como recursos expresivos; cierto prosaísmo, que no llega a abandonar, sin embargo, algunos rasgos vinculados con la poética tradicional (ritmo, verso, rima); y en general un imaginario poético que recupera el realismo como modo poético, lo cual hace que el léxico y otras estrategias retóricas  apunten a lo obvio y a la evidencia del entorno inmediato. Así, la experimentación, la novedad a ultranza y la elaboración de un discurso inusitado o de ruptura queda desplazado a favor de una nueva concepción de la realidad y de la práctica literaria misma (Monge, 1992: 30-32). La poesía conversacional recupera el relato personal, la historia autobiográfica frente al orden declamatorio, es así como teje y entrecruza pequeñas historias personales, rechazando, también, las posibilidades de representación colectivas. Existe una gran dosis de desencanto en una poética que ya no cree en la función instrumental del lenguaje, ni en su capacidad de transformar la realidad. Desde el punto de vista de la construcción poética, se acentúa la indiferencia ante la tradición de la poesía social que pretendía, como en la escritura debraviana, proyectar al enunciador como conciencia y guía de pueblos, demiurgo que desde una posición enunciativa demandante de la visión profética, pedía el espacio de la orientación política y social.  Esta poética implica un necesario rechazo de los cánones estéticos modernos y una recuperación de zonas marginales para la poesía (Rodríguez Cascante, 2006: 149-152).

Por otro lado, el trascendentalismo como corriente estética se fundamenta en una oposición entre lo contingente y trascendente, porque se piensa como un movimiento supra-histórico que llega a superar las corrientes estéticas, la mezcla de géneros y la antinomia clásica entre lírica y épica. De modo, el discurso trascendentalista se asemeja al discurso religioso en cuanto el poeta-sacerdote-pastor debe velar, porque la doctrina o la ley no sean mal interpretadas por los acólitos. Esta estructura religiosa permite dominar al grupo de correligionarios, además de no consentir que se desvíen hacia otras ideologías-estéticas, ni aceptar otras posturas que menoscaben los componentes del sistema. La formación discursiva trascendentalista presenta el nivel enunciativo, se trata de enunciados monódicos de carácter figurativo y abstracto; en la dimensión representacional, se construyen espacios autónomos de condición aurático-esencialista, donde es el aura de la condición estética, asociado a la pureza de la “verdad”, el que se ofrenda como compensación superior a la pérdida material (Rodríguez Cascante, 2006).

El trascendentalismo nos recuerda que la poesía se construye de repeticiones de diversos estratos: repeticiones de palabras, de frases, de versos, etc. Estas repeticiones deben estar montadas sobre un lenguaje puro y figurado, en el que no cabe el lenguaje coloquial o científico. El lector que se acerca a esta poesía se da cuenta que se cae en cierto abstraccionismo poético, basado en la ubicuidad que se establece entre el hablante lírico y la naturaleza. No obstante, el trascendentalismo es una ideología estética que, en el conjunto de sus ideas, ha evolucionado creando una distancia más amplia entre la poesía coloquial, la antipoesía, el exteriorismo, la poesía política o comprometida; a pesar que sus fundadores fueron integrantes se iniciaron como poetas de la estética social.

Para Francisco Rodríguez Cascante, la formación discursiva trascendentalista se caracteriza por un abigarrado lenguaje figurativo de carácter declamativo y abstracto, la abstracción mediante metáforas herméticas. El trascendentalismo se afirma con un trabajo acucioso de formalización enunciativa. La variante amatoria de esta formación discursiva recurre a la declamación de enunciados monódicos de carácter figurativo y abstracto, que pretenden expresar sentimientos íntimos de vacío y necesidad en el plano representacional. Otra modulación del trascendentalismo es su preocupación por el fenómeno metapoético. Dicha reflexión se desarrolla mediante una escritura que mezcla los dos niveles de la poética trascendentalista con elementos comparativos de la cotidianidad.

En la primera transvanguardia,  es decir, la poesía que se enmarca entre las décadas del noventa y dos mil, el presente poético es epigonal porque los recursos de la retórica de la lírica moderna prevalecen por encima de otros, especialmente varios de los procedimientos de la vanguardia, tal como la imagen poética, la variedad del verso libre, el empleo del espacio en blanco en el cuerpo del texto literario como significado, la supresión métrica y de los signos de puntuación, la extrañeza metafórica, la extensión del verso, la asimetría semántica del significante, el sentido del sonido polifónico, la hibridación genérica, el choque textual, las novedades estructurales, los quiebres de sentido, la disonancia, la polifonía, la polisemia, la destrucción del yo en el poema, el sentido inverso de la metáfora, la importancia de la sinonimia, el despliegue lingüístico, la superposición de planos, el cruce de géneros, la abolición de la anécdota, la incrustación de rasgos narrativos, la desarticulación métrica, el disparo léxico, la distorsión gramatical y sintáctica, la alteridad, la ampliación y saturación del ritmo (Torres,  2020).

En la segunda transvanguardia se concurre al triunfo de los algoritmos. Los poetas publican en redes sociales y luego en libros físicos, en los que se observan un lento proceso de homogeneización de la poesía en términos de lenguaje y de temas. Siguen el lema: “Nada de metáforas sino la proyección más inmediata de lo real”. El poema es un objeto, un artefacto. La poesía exige una búsqueda de precisión en el uso del lenguaje, el desprecio por lo hermético, se concentra en la temática urbana y la crítica social. El poeta es flâneur (paseante), no es un mirón; no busca hallazgos literarios, no le interesan la elevación o la profundidad como afecto de una lengua a priori ni como acotación de un campo de lirismo concentrado; solo levanta un acta de lo que su mirada registra. La poesía de las décadas del dos mil y dos mil diez se caracteriza porque la palabra recupera su significado directo, denotativo; se desdeña lo histórico, lo sublime y lo retórico; se enfatiza lo prosaico, lo narrativo y lo descriptivo; se integra lo coloquial y los clichés. Destaca el sarcasmo y la ironía en el lenguaje (Dobry, s.f.).

De este modo, se distinguen tres formaciones discursivas dominantes en un período de sesenta años. La poesía social coloquial sobresale entre las décadas de los sesenta y los setenta; la poesía trascendentalista destaca entre las décadas de los ochenta y los noventa; y el objetivismo de raíz anglosajona y argentina impera entre las décadas de los dos mil y dos mil diez. En cada uno de estos lapsos, se observan poetas que escriben fuera de la formación dominante. No obstante, la anacronía poética se produce porque el/la poeta se inserta en una formación discursiva dominante a la que no corresponde por la edad ni por el estilo de su obra. Un caso de este problema es la obra de Elliette Ramírez, pues su poesía debería pertenecer a la primera postvanguardia y la formación discursiva comunicacional-comprometida. Al contrario, sus libros se insertan en las décadas del noventa y primera década del 2000 durante la dominancia de la formación discursiva trascendentalista y objetivista. Otros casos de anacronías  pertenecientes a la generación de postvanguardia, las encontramos en poetas como Esmeralda Jiménez, Juan Antillón, Fernando Antonio Leal, Francisco Mata, Leonardo Mora, Marcos Valverde, Florencio Quesada, Mario Matarrita, William Garbanzo Vargas, Carlos Bonilla. Cada uno de ellos se incrusta en un tiempo en que ciertas ideologías estéticas subyugan el espacio cultural.

La anacronía se hace más compleja debido a que crece exponencial el número de poetas, los medios de publicación físicos y virtuales. La generación de la segunda postvanguardia nos ofrece un cuadro de poetas anacrónicos: Cristy Van de Laat, Héctor Burke, Mario Camacho, Adriano Corrales, Alexander Obando, Luis Corella, Silvia Castro, Elizabeth Marín, Faustino Desinach, Klaus Steinmetz, Adrián Arias Orozco, Eugenio Redondo, Axel Noffal Tassara, Ignacio Carballo Luján, Álvaro Mata Guillé, Alí Víquez, Melvyn Aguilar, Paul Benavides, Luissiana Naranjo, Mario Rodríguez León, Guillermo Acuña, Rocío Mylene Ramírez. ¿En qué sentidos son anacrónicos estos poetas de acuerdo con las ideologías estéticas dominantes? Estos se insertan en el núcleo y las fronteras de las generaciones entre el momento de afirmación intransigente y el momento de expansión dominio. Esta impronta en el espacio generacional crea una distorsión en el continuo poético, de allí, surge que no se les pueda integrar en la generación que se encuentra vigente. El caso de Alexander Obando es paradigmático en el sentido que él decía pertenecer a la generación del 2000, cuando en realidad pertenecía al segunda postvanguardia y su poesía tenía sus raíces en el imaginismo del Ezra Pound.

Los poetas anacrónicos no solo se encuentran presentes en la primera y segunda postvanguardia, sino que también se hallan en la primera y segunda transvanguardia. Un muestrario de la anacronía se inicia con Leonardo Villegas, Luis Fernando Gómez, Fiorella Rivas, Seidy Salas, Alexander Anchía, Karla Sterloff, Mauricio Espinoza, Angélica Murillo, Gustavo Arroyo, Selene Fallas, Gustavo Adolfo Chaves, Miguel Castro, Eduardo Valverde, Juan Hernández, Fabián Coto Chaves, Rodrigo Zúñiga Araya, Pablo Narval y Esteban Aguilar. Cada uno de estos poetas publica su primer libro después de los 30, cuando el núcleo dogmático-ortodoxo de la primera generación de transvanguardia ha publicado sus primeros libros. En algunos casos, los poetas se acercan a las corrientes exterioristas y conversacionales; en otros, se inscriben en el trascendentalismo ligth de las décadas del dos mil y dos mil diez; y en los menos, copian los modelos narrativos norteamericanos y argentinos.

En la segunda transvanguardia se empieza a ver las primeras manifestaciones de la anacronía poética, como el poeta Pablo Segreda Johanning. A pesar del pertenecer, a la segunda transvanguardia, publica su primer libro después de los treinta, límite que se ha establecido en la postmodernidad por los premios literarios y las antologías para definir lo que se considera un poeta joven, y en nuestro caso, cierra el período de afirmación intransigente. A partir del 2000, la poesía conversacional se posiciona como un discurso poético contemporáneo dominante. Esta corriente se define por el humor, la ironía y la provocación como recursos literarios, pero no descuida la sensibilidad y la precisión necesaria para mostrar detalles en los elementos más comunes y ordinarios que forman parte de la vida cotidiana. La poesía más joven (la que escriben los chicos de entre 25 y 30 años) es profundamente egoísta (casi egolátrica), y poco avezada en asuntos propiamente estéticos. En términos generales es una poesía muy confesional, discursivamente muy laxa, sin mayor elaboración estético literaria. No obstante, es el sistema que impone el capitalismo. A menor profundidad o abstracción, mayores son las ventas que esperan las editoriales de la “poesía”.

La anacronía se inserta como una distorsión, como una anomalía en la formación discursiva dominante, en sus momentos de afirmación intransigente y de expansión  y dominio del espacio literario, léase premios poéticos, difusión en festivales físicos virtuales, en editoriales y en mercado total de la circulación del libro. La aceptación de un poeta anacrónico dependerá de si ha sido capaz de generar un personaje literario, una imagen estereotipada del bate, o de si pertenece a algún grupo que ha sufrido la discriminación o la persecución de los grupos hetero-patriarcales europeos, donde lo estándar literario no tiene ninguna importancia, sino la pertenencia a alguna tribu o subtribu lírica. La condena de un poeta anacrónico estribará si su obra se encuentra por un lado dentro de una formación discursiva dominante anterior o de sí se enfrenta a la ideología estética dominante en su momento de expansión o dominio.

Algunos críticos, sin lugar a dudas, han renunciado a la categoría histórica de generación por los problemas que presenta a la hora de escribir historia de la literatura. Pero nuestra posición es diferente, más bien, busca plantear respuestas acorde con el pensamiento científico. Dejar de lado las dificultades de la historia literaria, solo demuestra falta de imaginación, de terquedad y una visión profunda del fenómeno literario.

domingo, 16 de mayo de 2010

Jorge Arturo: El perro bonaerense y la ironía alquilada

Y me quisiera ir
y llegar finalmente,
piedad, donde se oye
al hombre solo consigo.
Giuseppe Ungaretti

La poesía es concentrada, “deshidratada” casi (en el buen sentido de la palabra), por lo cual el lector tiene que añadir los líquidos de su propia interpretación y su propia experiencia. El lector –el nuevo tótem o dios de la literatura- exige que el poeta exprima una naranja, cuyo sabor aeróbico fortalezca sus músculos y vértebras. De este modo, la poesía es deshidratada como un alimento más, bajo en calorías y grasas, para que sea digerida por un lector ávido en esqueletos y escorzos al carbón. Lector y poesía se juntan en una mezcla ligera, una bebida para el gusto de la masa, que no necesita ya de laberintos y criptas, de lápidas decoradas en el día de los muertos.
Jorge Arturo pertenece a la segunda postvanguardia –aunque el término es vacío y sin sentido–, y el perro bonaerense ladra sobre sus patas traseras a un lunario de eucaliptos, mejor sería denominarlo como un poeta del aplauso o del gran público; porque durante la última década, las grandes masas de lectores de la zona central del discurso narrativo se han desplazado a las áreas refrescantes y periféricas de la poesía, en particular, de la poesía comunicada oralmente. Por eso, la dinámica de las convocatorias de poesía centra su principal interés, su atractivo por así decirlo, en la oralidad, entiendo por esto: la comunicación de la poesía a través de la lectura ante un público heterogéneo. Pero más profundamente debiera entenderse como una imitación de la oralidad, no en sentido estricto, sino en la medida en que se copian giros del habla popular, junto con gestos cotidianos.
La poesía de Jorge Arturo corresponde al otro culturalismo de raíz argentino-española, en la medida de que su formación se funda en los mass media: radio, televisión cine, prensa, tebeos y otros medios de comunicación de masas. Los leitmotiven de esta poesía es la creación de universos poéticos, que gotean por el texto, como figuras y personajes míticos de las nuevas tecnologías masificadoras. En esta poesía, todos los procedimientos encuentran cabida: el bricollage, la escritura automática, las técnicas elípticas, la sincopación y otros recursos irracionalistas, que literaturalizan temas extraliterarios, incorporan elementos artificiosos o exóticos, y hacen literatura sobre literatura.
En nuestra poesía se sintió por mucho tiempo el caudal de piedras rotas de México, después vino un espíritu lejano y marino que inundó las plazas y los barrios de la España americana, siguió el río arrastrando ecos por las sombras y los muelles a media luz de un Chile maltrecho y algunas hojas de coca del Perú, y el río siguió y siguió hasta inundar las fronteras de los nublados, pero el perro bonaerense ladraba desde un acantilado, y por eso no se mojó las patas. Esta mínima leyenda o cuento sobre las influencias de los núcleos culturales sobre la periferia o puente sirve para mostrar qué afluentes han vertidos sus aguas en el lago poético costarricense, también nos sirve de preámbulo a la poesía de Jorge Arturo. Chaman, alquimista, sacerdote Zen, no lo sabemos, pero nos imaginamos que la claridad es una araña peluda como en nuestra infancia, que la poesía no muere en el alba sino en el poeta, en su más inmaculada claridad.
En el poemario Se alquila esta ventana, nuestra Odisea confirma que el culturalismo de la década de los setenta, es un culturalismo de expresión interna, porque el sujeto se haya inmerso en la necesidad de citar y recitar aspectos de la vida moderna, de los mass media que lo programan y programa en su máquina personal. Persiste en nuestra poesía de la mano de los poetas una falsa idea, como una niña que no sabe sonreír, y cuando logra hacerlo nos sonríe desde la oficialidad. La poesía subterránea pertenece al Canon del cristal trasparente, al lenguaje ligero y santificado por Ghanesa, a la poética de lo inservible. Así en la última de las esferas la palabra pierde su condición mística, para volver el rostro a un lector que ya no sabe leer el símbolo y el mito, que no comprende el arte porque el arte es de todos, ciegos, tullidos, abogados y economistas. La palabra concierne a todos los que estén dispuestos a abrir un libro de recetas de cocina. En “Galería de cosas inútiles” el centro –si es que existe alguno- conduce a la coexistencia entre la poesía y la vida:
damas y caballeros
señores del jurado
dejo
mi reloj despertador
el diario de mañana
el toro sentado en las películas de vaqueros
o los vaqueros estilo yon güein
y la fanfarria de esos indios embetunados

críticas y críticos
señores de la ley
también dejo
el apolo 11 y la metida de pata
el león de la metro
los últimos días de los santos
la cara de tom yons al levantarse

una granda en mano cien volando
un mar sin piratas
el recibo de la luz mi diploma de sexto grado
el pájaro loco
un libro cerrado aún de borges
la sacarina el estreñimiento
y para recapitular
las introducciones
al lector
tres puntos suspensivos
una risa sin niño
a ustedes
y a los que se arrastran
a mí
y a los que regresan
las posdatas
las muchas gracias
El poema es un buen ejemplo de cómo el culturalismo de los setenta aparece en la escena costarricense. El dejo de ironía con respecto a los jurados y los críticos de literatura revelan como el poeta ha perdido la fe en la razón, pero no sólo en la razón; la originalidad es la que queda peor parada, porque como tópico se eleva aquello de ya nada es nuevo bajo el sol. El texto se percibe como una despedida a la poesía que creyó en la esperanza, que se creía un arma y podía transformar el futuro. Por eso el texto sigue o aplica ciertos recursos recurrentes, como las referencias a lo cotidiano (el reloj despertador, el diario de mañana, el recibo de la luz, el diploma de sexto grado, la sacarina y el estreñimiento) a la par se nombran los nuevos símbolos del mundo moderno como arquetipos estéticos (las películas de western, los viajes espaciales, la música pop, las caricaturas o comics, y la literatura laberíntica). Todos estos elementos son un legado de la sociedad post-industrial y la materia prima de la post-modernidad. De este modo se sienta el collage, mejor dicho el bricollage, en primera clase estética. Pero no solo se emplea solo este recurso sino la sustitución descubierta por la antipoesía: una granada en mano cien volando. Infiltra el mundo de lo popular, aunque el refrán no es lo suficientemente contrahecho. Así la poesía trata de acercarse a un lector cuya formación se deduce de los mass media, un lector cuyo aplauso reconoce los elementos de su vida cotidiana.
A diferencia de Guillermo Fernández que no logra escapar de las redes de su propia existencia poética, de su desencanto y abulia, Jorge Arturo nos plantea que no hay nada por hacer, así que lo mejor es apropiarnos de lo que hay en nuestro entorno suburbano. La materia prima se forja con diversos elementos (multiplicidad de planos), porque ya no existe la pureza, ni un metarelato a qué aspirar para salir de la ignominia o de la alcantarilla a la que ha sido lanzado el individuo. Existen muchos microrelatos que se mezclan y entremezclan en un cuarto con un cartel de Madonna, en una plaza donde las distintas y diversas vidas de los paseantes se cruzan sin mirar atrás, sin un pasado a que aferrarse para no caer en el vacío de las imágenes y de lo hecho, dado y santificado por la masa.
El último mensaje que nos envía este poema es la ironía, como única forma de sobrevivir al sinsentido de la vida, para sobrevivir a los múltiples discursos, que hacen de la realidad un objeto fragmentario. Los fragmentos del universo forman parte de lo que podemos entender como postmoderno, pues se reemplaza el arquetipo y la utopía por el simulacro, y se sustituye el mito (logos) y la ideología (ciencia) por la simulación, porque el discurso no hace otra cosa que copiar lo que existe en la realidad. Pero esta al encontrarse formada por diversos planos, niveles y sistemas se transforma en un ente inabarcable, del cual solo se puede extraer aristas, minúsculos pedazos de cuarzo, hilachas de ideas que toman diversos formatos, desde los mass media hasta la literatura, entendida esta última como una mística sin dios necesario.
A pesar de lo chocante que es expresarse técnicamente con un metalenguaje vacío, lo más indicado sería afirmar que la poesía de Jorge Arturo es como un pulpo que arroja llamaradas de tinta sobre la Cosmopolitan, o que ladra como un toro de fosa con una presión en las mandíbulas de mil quinientas libras, o por ejemplo, que ríe con la misma risa de los ebrios de Chelles, aunque algún día alguien olvide donde se podía estrenar una cerveza y una boca (botana) de pellejo de chancho. La poesía arturiana, como en la mesa del rey Arturo, se precipita en la mesa redonda de algún bar de San Pedro, queriendo ser subterránea, como intentaron los poetas alguna vez en La boca del monte. Pero la poesía no escapa de la institucionalidad, no existe sin la institución del libro –objeto y fetiche– de un lector ávido de historias inenarrables.
Jorge Arturo siguió, más o menos fiel, al perro bonaerense que ladraba en el traspatio de su ventana. Indiscutiblemente, fue una moda que en él pronto cayó en desuso, pues en la búsqueda de la claridad Oriente tenía mucho Tao que ofrecer a la poesía. ¿Sería que la ironía fue alquilada en Buenos Aires como en los casos de Molinari y Revagliatti? No, la ironía es el rasgo que predomina en Jorge Arturo, la ironía adolescente que no deja de ladrar, aunque sea prestada como sucede en “el arquitecto” de Perrumbre. Pues la ironía puede cambiar de máscara y de postura, y al final permanecer oculta entre líneas, entre espacios sin llenar por las medias Adidas o los animados de la Warner Brothers.
me levanto como un perro
sin las manos
de un niño me voy
para el trabajo

de camino
quizás
un mujer me ofrezca sus pechos de naranja
un hijo
me regale un soldadito rojo
como las nubes de mi valle

quizás me atropelle un autobús
o me escriba un poema

pero si no hay con quien celebrar
no habrá pasado nada
no pasará nunca nada

seré como el arquitecto de las manos
llenas de planos piedras argamasas
obreros
en busca de un pedazo de hueso
donde edificar la sangre
El lector se da cuenta que, cuando mira por encima del hombro, aquel ladrido furioso se ha ido apaciguando entre cortinas. Hay ironía eso no se puede dudar, pero ahora la ironía está bañada por un pelo de gato de tristeza. Jorge Arturo se comporta como un intelectual estratégico, ladra pero no muerde, aúlla pero ya no escarba en las raicillas del grito. El intelectual estratégico tiene como finalidad aliviar las angustias, destruir lo que destruye, vehiculizar el sufrimiento común hacia las esferas de la experiencia y de la memoria5. Una conciencia común sobre la vaciedad del discurso o los discursos enfrenta al poeta a un sueño que mira con nostalgia, con la misma nostalgia de quien quiso edificar un mundo a la medida de la nada. Por eso se acepta la ausencia como fin último, como espejo último de la soledad de los grillos cantores y del edén primitivo.
Perrumbre es un libro dedicado al amor y a la amistad, a los oficios y a los maestros como Coronel Urtecho. Pero este poema en particular nos recuerda aquel otro de Rafael Estrada, en que los hechos cotidianos forman el cardumen de cosas que dan origen a la vida como a la poesía; aunque quedan al descubierto las diferencias, las semejanzas se ocultan tras la mujer que le sirve naranjas a Rafael y la esperanza de Arturo de que la mujer le dé sus pechos de naranja. Al final del cuento solo sucede un cambio de perspectiva o de finura pues se pasa de la cosa deseada al sujeto deseable. El tránsito por la vida es sin duda una construcción arquitectónica como la poesía, y pareciera que Jorge Arturo nos quiere recalcar que toda obra se levanta con sangre y huesos, con tradición y ruptura. De aquel espacio pletórico de la Arcadia tropical, el poeta no recuerda ya nada, por eso necesita, le urge encontrar algo dentro de sí para darle sentido al vacío y la vaciedad de la existencia. La zoomorfización del sujeto hablante representa una nueva etapa en el desarrollo de la poesía costarricense, de príncipe en torre de cristal a conciencia del pueblo con Molotov incluido, termina siendo un canino, el mejor amigo del hombre, y ya no el hombre que alguna vez creyó en el amor humano. El poeta can solo puede mirar y ladrar, ladrar y mirar, rascarse la sarna en algún poste del alumbrado público, porque su tiempo ya ha pasado, su esperanza ya se ha ido, y solo, solamente queda la rutina del trabajo, que ni nos hace más nobles ni nos apoca en una época de lenguas flácidas y palabras ligeras.
El intelectual estratégico que se revela en Jorge Arturo quiere creer en la utopía, pero sin caer en la utopía, algo así como soy pero no soy. Esto nos descubre el vacío de un metarrelato, que atraiga al artista como palomilla al bombillo celeste, a la lámpara de Aladino. Con esto quiero referirme por última vez y desde mi duodeno al desencanto, porque desde la década de los cincuenta estamos desencantados, solipsistados, ergotizados y acalambrados. No hay suficientes máscaras para ocultar los horrores de la crítica racionalista, de los jurados cartesianos, de la institucionalidad de las instituciones líricas en Costa Rica. Por eso, no me sorprende que lo underground sea parte del Canon y que este a su vez, de una tradición contra la ruptura.
En fin, la poesía de Jorge Arturo básicamente se distingue por la ironía tristísima, porque se plantea la creación poética como una copia de una copia (Picado), que alguien más copia y así sucesivamente hasta el infinito. En cambio su alter ego (Fernández) aún se pregunta por qué se escribe, para quién se escribe, vale la pena escribir. Indiscutiblemente ambas posturas tienen en común la diferencia y en particular la semejanza de aquel metaloide de cuarzo, que refleja los tenues golpes de un pedernal furioso, de un campo, un pueblo, una ciudad rural y urbana, de una verdad y un rastrojo de diente de león. La identidad de ambas visiones solo se sostiene en el fondo remoto del individuo, del sujeto que aferrado o no, pronuncia los pictogramas de una angustia. Trabajo y juego de ajedrez, risa y seriedad de abanicos, lo inasible de la identidad poética se encuentra en cada pliegue, cuando oculta el rostro, digo la cara de la raíz decagenaria y canosa de nuestra poesía.


Ungaretti, Giuseppe "La piedad" en Antología de la poesía italiana. (Traducción de Manuel Durán) México: UNAM,1961.
Alonso, Rodolfo. “El boom de la poesía latinoamericana” en Casa de poesía Silva. No. 8. Enero, 1995.
Jongh Rossel, Elena (de) “La joven poesía española” en Florilegium. Madrid: Espasa-Calpe, 1982.
Cullen, Carlos. “Ética y posmodernidad” en ¿Posmodernidad?. Buenos Aires: Editorial Biblos, 1991.
Fragomeno, Roberto. Intelectuales (el obstáculo de los espejos). San José: Perro azul, 1993.

miércoles, 14 de enero de 2009

Las escuelas o los movimientos literarios en Costa Rica

En la poesía costarricense, la definición de movimientos literarios siempre ha sido un problema, en primer lugar, porque no existen manifiestos; en segundo lugar, porque no había peñas o círculos literarios, y en tercer lugar, porque los poetas no han teorizado sobre su quehacer poético. Sin embargo, en los libros se deja entrever la posición estético-ideológica de cada escritor y de cada grupo de escritores, las editoriales también revelan un norte ideológico, así como los jurados y el sistema cultural.

En los últimos treinta y cinco años se han desarrollado en el país tendencias tan variadas que van desde el exteriorismo hasta el trascendentalismo, pasando por el neo-coloquialismo o neo-humanismo, el intimismo, el neo-barroco o neo-surrealismo, la antipoesía, el minimalismo, el culturalismo, la poesía Zen, etc. Dado que las tendencias no hacen otra cosa que menoscabar el ethos, centro o núcleo, se hace necesario definir el núcleo, éste deberá estar formado por una serie de ideas, más o menos, meditadas, que sirvan de pauta para la creación poética. En nuestro país, este centro surge del Manifiesto Trascendentalista y poesía de sus autores (1977), que ha sido un ente rector en cuanto existe ideología estética. Este libro y sus autores ha influenciado a algunos poetas de la primera transvanguardia, sin embargo, en esta generación los poetas son nihilistas en extremo, no existe para ellos una ideología, una política o una ética que seguir, sino la de narciso. Algunos son continuadores del trascendentalismo, otros subrayan el carácter contradictorio de la escritura y el sistema artístico, otros buscan en las aguas del neo-gongorismo y el surrealismo; algunos miran al oriente lejano y la poesía japonesa; cada uno se pregunta a su manera: ¿Para qué sirve la poesía? ¿Para quién se escribe? Los últimos son herederos de la tecnología y la globalización, de la simulación y el simulacro.

El trascendentalismo como movimiento literario vivencial produjo, produce y producirá las peores aberraciones estéticas, así como graves errores del entendimiento en la poesía costarricense. Aceptado y defendido, al fin y al cabo, por el Canon y por la Academia, el trascendentalismo transgrede la misma naturaleza de la escritura artística, transformándola en una escritura neutra, mecánica y automatizada. El comportamiento de este movimiento es semejante al de la religión y al de la Inquisición: Inquisidor, doctrina, ritos y discursos. La poesía, que no se ajuste a su retórica y a su ideología, no es poesía, sino decadencia, abulia, prosía, solipsismo, y en el peor de los casos, estupidez o ignorancia.

Los rasgos fundacionales buscan colocar la escuela trascendentalista como antípoda de los movimientos precedentes y subsiguientes, por ser considerados como simples modas efímeras, así desconocen que la poesía evoluciona o transcurre como cualquier actividad. El texto expone los siguientes componentes ideológicos:

  1. La poesía tiene origen en los profetas y los cantos religiosos
  2. El trascendentalismo aplica el método científico, se basa en la supra-consciencia y no en la sub-consciencia
  3. La poesía es una experiencia especial que trasciende la experiencia cotidiana del hombre
  4. El poeta trascendentalista aplica la inspiración y la elaboración como un todo
  5. Lo trascendental no es una preocupación metafísica u ontológica, es un pleonasmo
  6. El trascendentalismo se opone al creacionismo, el surrealismo, el exteriorismo o la prosaíza
  7. La poesía no es circunstancial, pero está comprometida con todas las circunstancias, por lo que debe llevar al hombre a un humanismo trascendental
  8. Negar el lenguaje figurado es negar la poesía, aunque el lenguaje figurado y el directo se unen en todas las obras literarias
  9. La poesía es comunicación integral de vivencias trascendentales, un instrumento en la evolución humana, el destino de la poesía que es ultra-literario, porque escapa de la literatura y se confunde con la vida

El trascendentalismo como aberración estética se fundamenta en una oposición entre lo contingente y trascendente, porque se piensa como un movimiento supra-histórico que llega a superar las corrientes estéticas, la mezcla de géneros y la antinomia clásica entre lírica y épica. De este modo, el discurso trascendentalista se asemeja al discurso religioso en cuanto el poeta-sacerdote o pastor debe velar, porque la doctrina o la ley no sea mal interpretada por los acólitos. Esta estructura religiosa permite dominar al grupo de correligionarios, además de no consentir que se desvíen hacia otras ideologías-estéticas, ni aceptar otras posturas que menoscaben los componentes del sistema. ¿Pero cómo se logra que los artistas acepten esta verdad? En poesía, es muy sencillo, mediante la retórica, recuérdese que negar el lenguaje figurado es negar la poesía, aunque el lenguaje directo y el figurado aparecen en todos los textos literarios y no literarios.


Manifiesto del Movimiento Poético Incelario Contra el canon post-patriarcal

Nosotros, los poetas incelarios, declaramos agotada la poesía de la reconciliación sentimental. Rechazamos la lírica del consenso, la emoció...