jueves, 7 de junio de 2012

Hay que celebrar

– ¡Despierta, Christopher! ¡Despierta! ¡Mira! Lee el periódico… – ¡Qué…qué… qué pasa! Abre los ojos legañosos, se da vuelta sobre la cama… ¿Qué sucede? – ¡Despierta! Hoy vamos a celebrar… Hoy tenemos que celebrar en grande. ¡Despierta! Llama a los Cuervos… Hoy es día de fiesta nacional… – Pero…si apenas son las diez de la mañana… ¡Aaaaaaaaaaaaammmmmm! Bosteza… – ¡Anda! Despierta y lee el periódico… ¡Está muerto! – ¿Quién está muerto? Abre los ojos desmesuradamente, salta de la cama y lee el periódico… Anoche, después de un año de horrible agonía, debemos comunicar la muerte del filólogo Charles Francis Mongol; Miembro de Cámara de la Real Academia de la Lengua, Miembro del Cenáculo de Artistas Verdaderos, Edecán de la Orden de la Majestuosa Trascendencia, Censor Plenipotenciario de la Congregación del los Poéticos Poetas, Historiador del Arte de la Palabra, Lírico incomprendido. Su sucesor Gustav Olor Llano anuncia que las honras fúnebres se realizarán a las tres de la tarde, en el Cementerio Vergeles del Recuerdo, con la pompa que se merece una las mayores glorias de la literatura nacional. Christopher no lo puede creer… Ha muerto él… ¡Por fin!… Ha muerto… Florencia tiene razón. Hoy es un día para celebrar… Ha llamado por Teléfono a Luis, Alexander, Virginia, León, Camila. Todos irán al Bar de la Ballena Muerta. Aún no sale de su asombro. ¡Ha muerto! –Piensa – mientras se rasura. Hoy estrenará la boina negra, los lentes redondos a la John Lennon, el cuello de tortuga. Hoy será el enfant terrible de un San José purulento. Los Cuervos celebran la muerte, la putrefacción, el caos. De algo está seguro, la Congregación se derrumbará como un edificio carcomido. Florencia se alisa el cabello, su piel blanca y su sonrisa describen la alegría más alta que pueda sentir, es un orgasmo de felicidad. Por su parte, Christopher no deja de pensar en Charles Francis Mongol, el filólogo. Su muerte abre las puertas de las editoriales, los concursos, la historia y la crítica literaria. Treinta años antes, Charles Francis Mongol estaba sentado en la Biblioteca Nacional, recopilando signaturas, símbolos e íconos, sobre la literatura prehispánica. Era un joven poeta, delgado, de cabello ensortijado, mirada afilada y voz chillona. Revisaba periódicos y códices de la época colonial, cuando dio con los ideogramas del poeta-mago Sibú-Ñeque. Su lectura le descubrió la amalgama de un ritual ancestral, que describía a la Congregación de los poetas magos. El círculo de los ritos señalaba un lenguaje sagrado, un fuego infinito, las cuatro espinas del universo, y las fórmulas sacras que hacen que un poema sea poema. Sibú-Ñeque había dejado muy claros los fundamentos de la religión y el gobierno de los poetas. Tal descubrimiento debió dejarlo allí, olvidar las hojas amarillentas que lo condenaban a la gordura y las pústulas varicosas. Al día siguiente, se reunió con sus amigos del Cenáculo de Artistas Verdaderos en el sótano de la Cámara de Industria, Comercio y Agricultura. Allí estaban Jonathan Nabla, Lucrecia Borrés y Raúl Latilla. Con ganas de escuchar sus descubrimientos y, como ellos podían dirigir el destino de la poesía. Charles les explicaba los fundamentos de una religión ancestral: cómo al pasar por las cuatro cámaras de verdad, el aspirante ascendía por los peldaños de la espiral infinita y su voz y su palabra se transformaban en un espejo del universo, en el murmullo de la naturaleza. Sorprendidos ante tal revelación, Jonathan había urdido un plan para controlar el transcurrir del arte. A expensas de Charles, esperaba hacerse con las claves recién descubiertas. Después de todo, él y Lucrecia eran los fundadores del Cenáculo de Artistas Verdaderos, y solo a ellos les correspondía cumplir con el destino de la poesía. Durante los años siguientes al descubrimiento del códice de Sibú-Ñeque, las reuniones del Cenáculo se transformaron en sesiones esotéricas. Reunidos alrededor de una mesa circular, las cuatro espinas del universo quemaban la esquina norte de la hoja, si el poema era excelente; la este, si era la segunda parte de la excelencia; la oeste; si era la tercera parte perfección. Pero, si ardía la esquina sur, entonces el poema se quemaba por completo, para demostrar a los acólitos el poder del fuego. Estos ritos se celebraban en el sótano de la Cámara de Industria, Comercio y Arquitectura, con la venia y aplauso de los economistas, abogados e ingenieros, más ilustres del país. Para Charles era la época dorada, todos los que querían escribir, buscaban la amistad y el refugio del Cenáculo. Los premios llovían de los cuatros puntos cardinales. Cada año, premiaban a algún aspirante que hubiese cumplido el viaje por las cuatro cámaras y logrado la perfección poética. De esa manera, los adeptos se acogían a las normas del Cenáculo y su programa infinito. Aquellos que se negaban a unírseles eran excluidos de la historia y las antologías, su nombre ni siquiera se debía pronunciar en las tertulias de la radio y televisión estatal. Sin embargo, la disidencia ha ido creando espacios. Los panfletos se multiplican, día con día. Nacen editoriales como la Serpiente amarilla o la Redoma azul, que publican el vómito, la desesperación y la locura, de aquellos que no desean caer en las manos de la poética pureza. “Charles Francis Mongol, Doctor en Filología Hispánica, acaba de publicar, junto con un grupo de sabios y especialistas, el Gran Diccionario de la Poesía Universal. Esta magna obra se encuentra en venta, en todas las librerías del continente, y sin duda es un fuente riquísima de conocimientos para diletantes, expertos y público en general al supremo arte de la palabra.” Cuando Christopher Ash Cedar leyó esta nota, tenía veintidós años. Era uno de los tantos disidentes que formaban parte de las tribus de vates. Sin embargo, se había distinguido por desacralizar el discurso del Cenáculo, por poner en evidencia las estrategias y tácticas de Jonathan Nabla y Lucrecia Borrés. En un panfleto titulado “Cliché y náusea”, exponía con lujo de detalles los fundamentos del códice del poeta mago Sibú-Ñeque. Tal documento lo había puesto bajo la mirilla del Cenáculo, obligándolo a publicar con el auspicio de amigos y conocidos en editoriales extranjeras. Dado que la Cámara de Industria, Comercio y Agricultura, la Iglesia y el Gobierno han dicho que su literatura atenta contra los valores y las buenas costumbres de la nación. Christopher les ha salido al paso, publicando periódicamente libelos sobre las mentiras y falsedades, que riegan los acólitos del Cenáculo. Pero volvamos al tiempo de la fundación del Cenáculo de Artistas Verdaderos. Jonathan Nabla era un astuto manipulador de masas, mentía cuando era necesario, apuñalaba al amigo y al enemigo; todo lo hacía sin ningún remordimiento, pues según sus propias palabras su destino era convertirse en el poeta por antonomasia. Lucrecia Borrés había reconocido estas cualidades en el joven, y se había unido a él, formando una mancuerna venenosa. Cada gesto, expresión o palabra poéticamente correcta era repetida por los seguidores de la Orden de la Majestuosa Trascendencia. Jonathan y Lucrecia fueron adquiriendo poder y más poder; mientras Charles Mongol Y Raúl Latilla se hacían a un lado para ver pasar al rey y a la reina de la poesía. Por treinta y siete años declamaron como pavos reales, se mofaban de aquellos que estaban en contra del Cenáculo, y recibían elogios de los más serviles y estúpidos poetas. No obstante, Charles no les había revelado todos los secretos del códice de Sibú-Ñeque. En los últimos ideogramas hablaba de una terrible maldición a aquel que invocara las cuatro espinas del universo. No es de extrañar que Jonathan Nabla engordara a tal grado que no pudiese caminar, con el tiempo el cuerpo se le llenó de pústulas y llagas, muriendo al final bañado en vómito y excremento. La muerte de Lucrecia Borrés no fue menos horrible, se adelgazó hasta tal grado transparencia, que los huesos saltaron sobre la piel, como si el tronco se hubiese astillado, y sobre el lecho solo hubiera un esqueleto roto y seco. Los periódicos de la época habían descrito con lujo de detalles las extrañas muertes de estos soberbios artistas. El Cenáculo de Artistas Verdaderos y la Orden de la Majestuosa Trascendencia hicieron el solemne entierro. Se declamaron poemas por nueve días consecutivos, algunas plañideras no dejaban oír los poemas. La multitud, que se arremolinó al mausoleo, en un momento de desesperación y locura arrastró y colgó a un periodista que se había dejado decir que Jonathan Nabla tuvo un amorío con una poetisa de la más baja alcurnia. Extrañamente Charles Francis Mongol no asistió al sepelio, ni su amigo Raúl Latilla… Años después, Mongol aseguró a un periodista que le asustaban los cementerios, el olor de la muerte y las muchedumbres alienadas. Con la desaparición de Jonathan y Lucrecia, Charles se dedicó al estudio minucioso del códice de Sibú-Ñeque. Tenía que descubrir alguna salida a la maldición del manuscrito. Sus amigos se entregaron a la lujuria de los pictogramas, a la fornicación de los trazos, a la gula de las estrías y los bosquejos. Sólo Raúl Latilla, que era un pobre ignorante, no estaba maldito. Él había seguido los gestos por imitación, era según el códice un mono aullador. Pero, Charles Francis Mongol, edecán de la Orden de la Majestuosa Trascendencia, conocía los laberintos de las cifras. Entre sus investigaciones esotéricas y su sacerdocio, logró mantener la memoria de los fundadores de su orden. Astutamente, había conseguido crear un grupo de inquisidores, que condenaban cualquier poema, cuento o novela que no hablara de la rubia esperanza o el amor azul. Pero el tiempo no pasa en vano…–piensa Christopher –. Las palabras de Gustav Olor Llano suenan como música para sus oídos, mientras se acomoda la boina negra y le da una vuelta más a su bigote. Charles Francis Mongol no había conseguido hallar una respuesta a la maldición del códice de Sibú-Ñeque. Tres años han transcurrido desde la muerte de Nabla y Borrés, su cuerpo se hinchó como si fuera un sapo, las pústulas y las llagas bañan su cuerpo de un hedor ácido. Cuando Gustav entra en su habitación, se pone la máscara amarilla por el vapor fétido que exhala su piel. Las plañideras sollozan, gritan, se arrojan al piso y convulsionan como poseídas por el espíritu de Charles. Los monjes y las monjas de la Orden de la Majestuosa Trascendencia se entregan a una orgía espantosa para exorcizar a los demonios que danzan sobre los restos del máximo inquisidor. Christopher cierra la puerta de su apartamento, baja las escaleras y la abraza tiernamente. Después de nueve días ya nadie se acordará de Charles Francis Mongol. Con el tiempo, los disidentes ocuparán los puestos de los inquisidores. El mundo de las letras volverá a la normalidad. Algunos periodistas han estado llamando para saber cuál es su posición con respecto al deceso de Charles Mongol. En la semana, tendrá que recibir a los medios escritos, radiales y televisivos. Sonreír como un simio y afirmar la obra del supremo es insoslayable, si se quiere entender el transcurrir de la literatura. Gustav Olor y Raúl Latilla quieren entrar en conversaciones con él, para que la transición sea lo más civilizada posible. El poder mágico que detentaba Charles Mongol parece que se ha disipado con la luz de la luna llena. Christopher le abre la puerta a Florencia, arranca el auto y dobla a mano izquierda. Las palabras tienen un musicalidad nueva, el aire; un perfume desconocido. En el Bar de la Vaca Muerta, se encuentran con Luis, Alexander, Virginia, León y Camila… al fondo se escucha la música de Sex Pistols… piden un ronda para todos… hay que celebrar en grande…

de Sala de Operaciones (2000-2012)

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