martes, 29 de diciembre de 2009

El Café Cultural "Francisco Zúñiga Díaz"

Hace 21 años, recuerdo que llegué al taller del Café Cultural "Francisco Zúñiga Díaz", una semana después de la muerte de Mario Picado, gracias a Guillermo Sáenz Patterson. Al principio, éramos Chico Zúñiga, Toño, Henry López, William Flores y Juan Áviles. Después llegó Delia Macdonald, Gerardo Cerdas y Germán Hernández.


Éramos jóvenes, y creíamos en la necesidad de transformar la literatura costarricense. Sin embargo, para Chico, el taller era un lugar de encuentro entre lectores y escritores, un lugar para fraternizar y aprender el arte de escribir.


El taller siguió creciendo con nuevos compañeros, llegó Mainor Piedra, Paz Rodríguez, William Garbanzo, Santiago Porras, Elliette Ramírez; regresó Edison Valverde que pertenecía a la primera generación del taller. Y el taller siguió creciendo...


Después llegaron Adela Quirós, Gustavo Lobo, Ani Brenes, Manuel Aguilar Vargas, Perry, Cristopher Montero, Carlos Bonilla Avendaño, Mainor González, Alfredo Trejos, Joan Bernal Brenes y otros, cuyo nombre la memoria no me ayuda a recordar. Ha pasado el tiempo y si algo se puede agradecer a Chico y su taller, fue que no creó chiquitos. Mi obra es diferente a la de cualquiera de mis compañeros de taller, la obra de mis compañeros es diferente a mi obra, sin embargo compartimos nuestro amor por la lectura y la escritura, por el oficio literario.


jueves, 10 de diciembre de 2009

Elegía

Francisco "Chico" Zúñiga Díaz

Un día como hoy llegó tu muerte.

Hace tiempo la esperábamos.

Tu muerte era azul y gris como el verano,

–Recuerdo –, el gris que aguarda

Sucio en las esquinas.

Un día de pronto te moriste,

Dejaste tu cuerpo con un traje azul marino,

Con una tierna mirada disecada,

Y una sonrisa que dibuja la penumbra.

Tras de ti venían

Multitudes de palabras,

De páginas sonoras,

De lápices cantores.

Recuerdo el aire de tu muerte,

Un aire gris,

Melancólico,

Sin aire.

Un ángel te aguardaba tras la puerta,

Con una hoz y un martillo,

Para escribir tu nombre en las hogueras y paredes,

¿Qué deja el hombre cuando muere?

¿Qué entrega el hombre a la nada y al olvido?

Entregaste palabras como sueños.

Universos diminutos,

Historias como días,

Si olvido algo, después me lo recuerdas.

Un día de pronto de moriste,

Pero no haremos un altar a tu memoria,

Escribiremos poemas como brújula y sextante,

Como mapas o retratos,

En aquella mesa abierta hacia la noche…


DECÁLOGO DEL POETA MEDIOCRE

1. Escribir de cosas hermosas no hace bueno un poema Las rosas y las joyas, estamos de acuerdo, son hermosas. Pero incluirlas en un poe...